10 al 16 de agosto de 2016

Pensando en que mis mierdas no le interesarían a nadie yo era más feliz, pero ya el primer día más de 1.200 personas habían leído el relato sobre mi desembarco en Reino Unido. He dejado de mirar las estadísticas porque esto es un diario personal y yo soy muy tímido. Sí, claro.

El miércoles día 10 me hago otros veinte kilómetros andando, aunque muchos de ellos en compañía. A las nueve de la mañana he quedado con Joana, la chica portuguesa que será mi compañera de piso durante todo el curso —junto a la austriaca Franziska a la que conoceré en septiembre—. Nos vemos en el 81 de Foxhill Road, una dirección que algún día aparecerá en los libros de historia de la tipografía pues allí cada año se alojan estudiantes del MATD y la lista de inquilinos ya esconde algunos nombres ilustres. Casi todos mis compañeros de Máster han decidido quedarse en alguno de los Halls de la Universidad pero yo he optado por estar en una casita inglesa, con su jardincito inglés y ¡oh! sin sus moquetas. Otro día hablamos de moquetas, porque en la casa de los rusos la hay en el baño y agradezco ser tan hippie como soy y no hacerle ascos a nada porque aquello es para verlo y no pisarlo. Yo en Halloween voy a disfrazarme de moqueta del baño de los rusos. El caso es que desvirtualizo a Joana con la que he estado chateando los últimos meses, le pregunto por el vuelo, yo bien también gracias, ay qué bien habla inglés la jodida y llamamos a la puerta. Los actuales inquilinos son Gor (Armenia), Zen (India) y Kostas (Grecia). Nos enseñan la casa: pequeña pero muy majica. Perfecta. Quiero empezar ya con todo. Los tres son encantadores y además de enseñarnos la casa también nos hablan del Máster. De hecho casi parece que tratan de asustarnos, llevan todo el verano dedicados a la tesina y están cansados después de un año de trabajo duro. La entregan el 5 de septiembre. Dicen que es muchísima información, que de hecho el programa es tan vasto que en la web de la Universidad no aparece porque es desproporcionado con el resto de postgrados. ¿La razón? Es un Máster pensado para dos años condensado en uno solo. A mí esto me motiva todavía más. No es valentía, es simplemente que soy idiota. Nos preguntan qué vamos a hacer hasta que empecemos el Máster en septiembre y como Joana se vuelve mañana a Portugal me quedo yo solo ante el peligro. Me invitan a salir con ellos. Quedamos en llamarnos. Bien.

Así que Joana y yo nos vamos al centro para conocernos mejor, nos bebemos algo, vamos al Campus, le enseño la Biblioteca, nos colamos en el departamento, descubro cosas nuevas, rodeamos el lago, comemos en la Universidad en horario British porque estamos hambrientos, le paso la clave del WiFi del ucraniano y ella a cambio me promete que aprenderá a hacer el sandwich típico de Oporto: el Little French Girl. El nombre es gracioso pero el aspecto es muy serio. Googléalo, hazte el favor. La verdad es que lo paso genial con ella, tiene 23 años pero parece que no lo voy a notar demasiado. Es una chica encantadora y creo que nos vamos a llevar muy bien. Habla inglés perfecto, entiende el español, habla portuñol —casi me meo con esto, no lo conocía— y dice que hablo muy bien inglés —mentira pero se agradece— y que le sorprende que a todos los españoles que conoce les cueste tanto hablar inglés. La LOGSE, maña, la LOGSE.

Nos despedimos y yo me quedo en el Campus. Son las primeras semanas de relación entre nosotros y yo no quiero despegarme de él. Son todo besos y caricias. Y alguna miradita picante. Hasta que un chico de Hong-Kong me baja la libido con sus gafas grandes y su bigote de cuatro pelos, dos a cada lado. Me hace una encuesta sobre los típicos red bricks de la arquitectura de Reading y yo le pregunto que qué hace aquí —estudias o trabajas— y me dice que está haciendo el Summer Camp. Vale, por eso ahora hay exclusivamente asiáticos en el Campus. Continuo hacia la Biblioteca y aprendo a buscar libros en el catálogo. Me paso no sé cuántas horas leyendo. Todo el que piense que para saber de algo le basta con leer solo en español está muy equivocado —al menos en escenas tan pequeñas como la tipográfica—. Tras alimentar mi alma, llamo a Cris para alimentar mi corazón. Hemos aguantado tres días separados: me confirma que ya tiene los billetes para venir a verme durante la última semana de agosto. Yeah!

A las cinco me echan de la Biblioteca. Intento agarrarme a una silla, derramo lágrimas de tinta, grito desconsolado que no quiero salir nunca de ahí, que me alimentaré de palabras y me vestiré con las páginas de aquellos libros que me han hecho ser como soy. Nada, no les importan mis mierdas. Sirena antinuclear y todo el mundo fuera. Me voy al centro de Reading y ya hay tiendas cerrando o a punto de cerrar. Nota mental: adaptar mis horarios al horario inglés. Al menos descubro dónde está el The Purple Turtle que, por lo que me han dicho, es el garito con más marcha nocturna. Me vuelvo a casa no vaya a ser que me quede y me líe. Mi teléfono me avisa de que solo me queda un giga de datos de los dos que contraté hace tres días. Se supone que me tenían que durar un mes pero sin WiFi estoy perdido. Todo el mundo quiere saber de mí y yo me vengo arriba y envío fotos y cosas. Ya se les pasará. Me llama Elena —ya era hora, hija mía— y cerramos visita a Londres para el finde: de viernes a domingo. Leo un poco y a dormir.

El jueves me empiezan a doler los pies. Tengo una ampolla como una olla en el talón izquierdo y casi no puedo caminar. Aun así me voy al Campus, me meto a la Biblioteca, leo un rato, escucho el Alchemy de Dire Straits para venirme más arriba todavía, compruebo que el lunes 15 abren el enrolment online —ya me lo podrían haber dicho los de información para dejar de hacer el ridículo con el «jo, yo quiero ser estudiante»—, hago algunas cosas en internet como dejar en barbecho Don Serifa y me doy cuenta de que lo de andar con un adaptador para enchufes británicos no es cómodo ni práctico. Lo resolveré.

Por la tarde he quedado de nuevo con Clara pero esta vez también viene su novio: Ewan. Vamos a echar unas pintas y a cenar algo —yo una hamburguesa, claro— al The Hope Tap. También viene un amigo griego así que vamos a tener que hablar en inglés a pesar de que Ewan habla español mejor que yo. Ewan es de Oxford pero su madre es española y siempre ha veraneado en Santander, y es una de las personas más encantadoras, magnéticas y con mejor sentido del humor que he conocido en los últimos meses. Además tiene tanto control del inglés —obviamente— pero también del español que lo convierten en mi objetivo perfecto para lanzar preguntas sobre cómo se dice esto o cómo se pronuncia aquello. En definitiva: paso una noche maravillosa. La anécdota ha sido el inglés que se ha acercado a hablar con nosotros. Va hasta las cartolas y no se le entiende absolutamente nada. No nos molesta en absoluto pero yo me quedo fascinado viendo que no entiendo ni una sola palabra de lo que marmotea. Ni siquiera sé si está hablando en algún idioma moderno o es una lengua muerta. Ewan reconoce que el señor va tan pedo que hasta a él le cuesta entenderle. Fe de erratas: Clara me dice que ha leído el post anterior y que sí que cobran por las bolsas en Inglaterra. Que solo te las regalan en las tiendas de barrio. Claro, como yo soy de pequeño comercio todavía no me había dado cuenta y como soy de bocaza grande ya lo había soltado. Ahora que ya he ido a un supermercado grande confirmo el dato y subo la apuesta a 5 peniques la bolsa.

El viernes doy más vueltas que un pirulo. Victor el ruso n.º 1 solo tiene una copia de la llave y andamos como el gato y el ratón por toda la ciudad. Espera que voy a casa, pero dónde estás, anda ya voy yo a buscarla, estate quieto no te muevas. Entre idas y venidas me voy a Smelley Alley (el callejón maloliente, mamá) donde conviven carnicerías y tiendas de accesorios para móviles en perfecta harmonía. Me compro un cargador británico para mi móvil aunque no me es fácil encontrarlo. De hecho, es un apaño que hago con un cable y un enchufe y la mala noticia es que no carga a la velocidad que debiera. Mala compra. También me compro calzoncillos porque yo sí que sé pasármelo teta —talla M, cintura de 33 a 35 pulgadas— y, como me prometí, vuelvo a la tienda Oxfam de libros de segunda mano —también a la de vinilos, pero esta está tan desordenada que es imposible encontrar nada. Buceo entre libros, miro, busco, descarto, aparto, encuentro. Utopía de Tomás Moro —uno de esos pocos libros que intento releer, al menos, una vez al año—, edición de 1888 impresa por la Cambridge Unversity Press, preciosa, refinada, magnífica, buen estado de conservación, buen papel, mejor tipografía. Qué esperar de un sitio donde solo 100 años antes John Baskerville había hecho de las suyas. ¿El precio? Dos libras con cuarenta y nueve peniques. Buena compra. Vuelvo a casa flotando aunque no me libro de reconocer a todos los españoles con los que me cruzo: mira, esos tienen cara de españolazos. Y cuando me acerco, efectivamente, están hablando en español. Alguno se me habrá colado pero en general nos suelo cazar. Tenemos una fisionomía y una forma de vestir muy reconocibles. No voy a decir si mejor o peor. Peor.

Por la tarde he quedado con los estudiantes del MATD y he dado plantón a Elena. Kostas ha cumplido su promesa —lo cual es de alabar— y me ha avisado de que hoy van a ir a las 7 a tomar algo a un sitio polaco llamado Piwnica Pub. Me afeito el cabezón como para las grandes ocasiones: a cuchilla. También me ducho, me arreglo, me como un plátano porque aquí nunca se sabe y antes de irme aparece Andre el ruso n.º 2 que mantiene su política de saludarme con un monosílabo y encerrarse en su habitación. Pues que te peten, tronco. Me voy hacia el pub y me vuelve a llamar Elena. Hablamos y me acompaña hasta la puerta. Ya en el pub conozco al resto de estudiantes y los hay de todos los colores. Me encanta. Ceno y bebo —muy bien, por cierto—. Hablo, río y escucho. Hay mucha química entre ellos y me aceptan como a uno más. En general no tengo problemas para comunicarme aunque cuando hablan todos a la vez me pierdo alguna cosa. Aquí me gustaría comentar un hecho que noté y que, más tarde, me confirmaría Elena. En España nos reunimos en torno a la comida, quedamos para comer o para cenar, todos los asistentes comen y todos lo hacen a la vez. Aquí no. Aquí se queda para beber. Que cinco cenan y dos no, pues tan ricamente. Que llega uno más tarde y tiene hambre, pues pide la carta y cena solo pero totalmente integrado en la mesa. No sé si me gusta, pero práctico es un rato. En fin, que me voy a la cama con una sonrisa de oreja a oreja y llamando a Elena para decirle que mañana tampoco voy a Londres, que al final solo iré el domingo porque los del MATD me han invitado a una fiesta y yo a una fiesta así, como comprenderás, cari, no puedo faltar.

El sábado me voy toda la mañana a la oficina de Victor para engancharme al WiFi. En vez de hacer lo que tenía que hacer me presenta a Pepper, su robot japonés que le ha costado siete mil libras. Tras verlo en acción confirmo que le ha salido barato: habla, escucha, baila, aprende, reconoce emociones y reacciona ante ellas. Y puede hacer lo que sea con las manos. Es como ver el futuro pero con un ruso explicándomelo en plan mira lo que sabe hacer mi perro. Creo que me pasaré por el Departamente de Robótica de la Universidad para ver qué tienen. El caso es que nos pegamos toda la mañana hablando de esto y de aquello. Sobre todo de aquello. Y es extraño cómo poco a poco se va ampliando mi vocabulario. Vocabulario que ya conocía pero que con el uso del día a día voy incorporando a mi discurso. Entre unas cosas y otras llego a casa a las tres y ya es muy tarde para comer. Me como otro plátano. Ya comeré en la fiesta.

A las cinco estamos en la fiesta. He pasado por Foxhill a por Kostas y hemos comprado unas cervezas por el camino. La bebida la ponemos los invitados y la comida, las anfitrionas. El motivo de la fiesta es el cumpleaños de Leticia, una estudiante de doctorado brasileña que pone como único requisito vestir un sombrero. Cuanto más estrambótico, mejor, claro. La fiesta es una delicia con una anfitriona super amable, un jardín bien montado, musicón, comida rica —vegana, que no empapa y luego veremos las consecuencias—, bebida fresca y un grupo de gente muy heterogéneo por fuera pero igual de maravilloso por dentro. Es fascinante, creo que he conocido a gente de más partes del mundo en una semana que en toda mi vida: Brasil, Portugal, España, Francia, Reino Unido, Suiza, Alemania, Italia, Grecia, Armenia, Israel, Bahrein, Sri Lanka, Nepal, India y un largo etcétera reunidos en un jardín de unos pocos metros cuadrados. La foto es solo del comienzo de la fiesta pues de cinco de la tarde a una de la mañana da tiempo de llenar el jardín de gente y el estómago de bebida. Y esas fotos me las quedo yo. El caso es que empiezo bien, hablando con todo el mundo con la ventaja de ser el misterioso y simpático chico nuevo. De hecho, Kat, la alemana del MATD, me interroga sobre Ibarra Real para su dissertation y yo le voy contando todo lo que sé mientras bebo Pimm’s con alegría. Y aquí empieza el capítulo de «El día que Pedro conoció el Pimm’s». Para resumir diremos que es una bebida típica del sur de Inglaterra que se mezcla con limonada, frutas, hielo y que se bebe en verano. Como nuestra sangría pero con 25 grados de alcohol. Y picoteando cuatro cosicas veganas. Y todo el mundo hablando en inglés. Y las luces. Y ay qué bien me lo estoy pasando. Y ay qué rico está esto, ponme otro vasico, man. Resultado: mi primera vomitada en honor a la Reina de Inglaterra. Luego me voy a por una pizza que me como en honor a Bowie y ya me recupero. Para no extenderme en detalles porque una fiesta es una fiesta, ay que fantástica, fantástica esta fiesta, diré que a mí el buen guatequeo me va y este es de los mejores que he tenido. Y ahora, a dormir la mona.

El domingo me levanto, me visto y me voy a la Estación. El billete de ida y vuelta en el mismo día en Inglaterra cuesta solo 10 peniques más que el de solo ida. Pues dame uno de esos para Londres, gracias. Llego a Paddington y tras comprarme una Oyster para que no me sangre la cartera cada vez que me monte en el Metro, me encuentro con Elena. Elena es una de esas personas a las que quiero en mi vida y por eso le doy el abrazo que me pide el cuerpo: fuerte y sincero. Solemos hablar con frecuencia pero desde la última vez que nos vimos ha pasado ya ¿casi un año? Nota para Elena: ¿fue en el último TypoMad? El problema es que Elena viene —como dicen los ingleses— con agenda y me lleva de paseo por Londres pero aprovechando para hacer mientras sus recados. Nota para Elena: nunca te lo perdonaré. Vamos a la zona de Old Street, Mercado de las Flores, me compro un pan —artesanal, riquísimo, sorprendente, corteza ácida y miga consistente pero muy esponjosa— y comemos en el Byron de Hoxton: una hamburgesa, claro. Deliciosa. Seguimos andando y por el camino me cuenta en detalle cómo va su tesis doctoral sobre Architectural Lettering —es fascinante, preguntadle porque el tema lo merece— y, de hecho, pasamos por algún Truman’s de los que ha analizado. Luego paseamos y es fantástico cómo podemos pasar horas hablando sin parar y sentirnos —al menos yo— tan cómodos. No me pasa con demasiada gente. Además, mientras tanto y sin que me dé cuenta, me lleva a sitios importantes como la St Bride Library a la que volveré cuando esté abierta o a donde Caslon IV diseñó la primera sans-serif. Luego vamos hacia Covent Garden y me topo con la función de Harry Potter. Lo mejor de todo es que al lado está la exposición de los diseñadores gráficos de las películas. La gozo como un niño mientras Elena aguanta sin rechistar mis grititos de emoción. Acabamos el día tirados en The Regent’s Park, viendo un espectacular atardecer y cenando en un restaurante vietnamita que quiere cerrar ya. Me vuelvo a un Paddington repleto de bicis y regreso a Reading. Justo antes de llegar a casa, mi teléfono me notifica que en siete días he caminado 150 kilómetros. Esa noticia no le va a gustar a mi ampolla. Fe de erratas: Elena me dice que el Campus de Reading es impresionante pero que en España también hay alguno así como, por ejemplo, el de la Complutense de Madrid. Si tú lo dices…

El lunes abren el periodo de matriculación online del Máster así que me voy a la Universidad —porque en mi casa no tengo WiFi, ¡no tengo WiFi!— y allí hago todo el proceso tan ricamente. Relleno mis datos, entre los que se incluyen mi raza, religión, orientación sexual y si mi sexo se corresponde al que me asignaron al nacer. Todo muy normal. Aunque muy progre, eso sí. Pago las tasas —el 50 % de la matrícula— con PayPal porque en teoría se me queda menos comisión. Luego haciendo las cuentas juraría que me han soplado 200 lereles. Con el trabajo hecho hago un Skype con Cris hoy que es todavía temprano. Es una mierda porque solo hay una hora de diferencia entre Inglaterra y España, pero es el tiempo justo para que siempre nos pille a contrapié. Estamos un buen rato hablando hasta que mi teléfono decide apagarse él solito. Lo toco y está ardiendo, se ha apagado por seguridad. Lo llevo al cesped bajo un árbol y lo entierro para que disipe unos cuantos grados. Estoy harto. Mi teléfono tiene menos de un mes y tengo que cargarlo tres veces al día. Le das un poco de caña —y una videollamada lo es— e intenta autocombustionarse. Definitivamente la batería no funciona como debiera. Llamo a Amazon —en realidad pido que me llamen ellos— y me dicen que me lo cambian sin problema que a qué dirección me lo mandan. Eh… Espera que lo miro y te llamo. Aunque, claro… Llamaré mañana cuando tenga claro el plan a seguir. Gracias.

Por la tarde más leer en la Biblioteca y más Skype —esta vez con el ordenador— desde la oficina de Victor que debe de estar flipando con todo lo que se ríe el español cuando habla con su mujer. Felicidad, lo llaman. Se hace tarde y nos vamos juntos a casa. Por el camino hablamos de todo y nos reímos de nada. Me cae bien este tipo. Aunque machista es un rato y eso, para mí, siempre te resta todos los puntos. Antes de meternos en casa pasamos por un Morrisons, mi primer gran supermercado. ¡Por fin! Cris y yo siempre vamos a los supermercados de los países a los que viajamos. Es una manera muy interesante de conocer costumbres locales. Entre otras cosas, compro yogures de sabores exóticos —que aquí están de vicio— y hago el descubrimiento del año. No, no es batido: es leche con sabor a chocolate blanco. Oh, my Gosh! No sé si habrá de más marcas, pero si no peregrinaré hasta aquí solo para comprarme más y más botellas. Ya en la fila de pago decido probar a que me den cashback pero, precisamente aquí y ahora, no me funciona la tarjeta y tengo que pagar en metálico. Lo explico. Hecho número 1: en Inglaterra, los bancos no cobran al comercio una comisión relativa al importe del ticket, sino una fija por cada transacción realizada. Hecho número 2: en Inglaterra, los servicios de seguridad de transporte de efectivo entre el comercio y la entidad bancaria no cobran al comercio una comisión fija por el servicio, sino una relativa al importe transportado. Conclusión: cuando vas a pagar con tarjeta, la cajera te pregunta si quieres que te dé dinero en efectivo. Le dices que sí, que por ejemplo quieres 20 libras. Y si tu compra es de 15 euros pues te carga en la tarjeta 35 y te da el ticket y un billete de 20. Todos ganan: ellos se quitan efectivo que así no tienen que transportar y además lo hacen sin pagar más comisión al banco por ello, y tú te llevas efectivo sin tener que pasar por el cajero. Pero mi tarjeta ha decidido fallar justo ahora y me quedo sin cashback pero tengo leche de chocolate blanco. Termino el día con una sonrisa dulce. Dulcísima.

El martes vueeeeeelvo a la Universidad, compruebo en Internet —internéeee— que mi matrícula está correcta, que el pago se ha procesado a pesar de que PayPal me ha solicitado una copia de mi pasaporte, voy a preguntar a información por si las moscas, no es aquí que es allá, voy a preguntar a admisiones, me solicitan también una copia de mi pasaporte, tómalo sírvete tú mismo, me dicen que todo está genial y nadie me da la medalla por haber sido el primer inscrito —o al menos una mención honorífica al más ansioso— pero sí me prometen que a la semana que viene podré venir a por mi carnet de estudiante. Veremos. Porque no sé si sabéis quién soy, pero vendré. Lo siguiente es llamar a Amazon, solicitar la devolución del dinero y decirles que el teléfono lo enviará Cris desde España. Se lo daré cuando me venga a ver. Me quedaba un día para poder tramitar la garantía, pero ahora tengo otros 30 días para hacer efectiva la devolución. Por los pelos. Me compraré el mismo teléfono pero aquí, así soluciono lo del cargador.

Escribo a Clara para ver qué plan tiene esta tarde y me dice que va a ir a visitar a una amiga —también diseñadora— a Henley-on-Thames. Estas cosas me dan como mucha pereza pero estoy irreconocible y me acoplo al plan. Cogemos el tren de las 15.33 y media hora más tarde ya estamos con Sandra y Canelo —su perro— y dice que nos va a llevar a Hurley a pasear por el río. El paseo es delicioso, definitvamente la campiña inglesa es de una belleza apabullante. Al volver de la excursión, ya en Reading, nos encontramos con Ewan y me llevan a cenar al Toby Carvery. Pruebo todas las carnes, algunas verduras y algunas salsas. Todo muy inglés y todo muy delicioso. Pero estoy muy cansado, esta semana apenas he podido dormir más de 6 horas no sé muy bien por qué razón y he andado más de 20 km diarios no sé tampoco muy bien por qué dichosa razón. Aún así, Clara y Ewan me mantienen despierto con su maravillosa conversación. Me declaro fan de esta pareja. Incluso me llevan a casa en coche y me descubren un nuevo grupo que suena estupendo: Volbeat. Yo me meto en la cama y me pongo a escribir, los cascos y el The will to death de John Frusciante. Es mi última noche en Reading y quiero acabarla bien. Mañana me voy al countryside. Al campo, mamá, al campo.

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7 al 9 de agosto de 2016

Es muy poético —aunque poco aliviador— que lo peor de un comienzo haya sido la despedida. Decir adiós, sobre todo, a Cris y a Bunbury —el perro— ha sido duro. Sé que el día a día de trabajo, los Skypes continuos y los vuelos de fin de semana harán que la distancia no sea tanta; pero de momento, los lloricos que nos echamos antes de partir no nos los quita nadie. Así que maletón con todo lo que quepa de vida, aeropuerto y al avión.

Mi primer compañero de viaje ha sido un londinense de origen indio casado con una mujer de Tudela (Navarra) con el que he estado hablando casi toda la parte final del vuelo —como por ejemplo de que en UK si te becan la carrera, en cuanto la terminas y consigues trabajo, tienes que devolver hasta el último penique— pero del que, ante todo, me he quedado con la sensación de que tengo dominada la comunicación verbal. Hasta que he llegado a la taquilla para sacar el billete de autobús a Londres. Me ha durado poco la ilusión.

He de decir que a la mitad de la gente la entiendo a la perfección y que ellos me entienden a mí, pero que a la otra mitad a duras penas les consigo cazar alguna palabra. Es cuestión de acentos y, muchas veces, de la actitud del interlocutor. Espero ir mejorando a poc a poc como diría mi queridísimo Damià.

El caso es que me monto en el autobús, configuro la tarjeta SIM que me había comprado desde España —la compañía es GiffGaff, es de prepago y funciona de maravilla—, aviso a todo el mundo de que todavía no se me han comido en la pérfida Albión, disfruto del verdísimo paisaje, de las rotondas inglesas que es donde el cambio de dirección más patente se hace y de la conversación de una señora mayor italiana que inmigró a Inglaterra con tan solo 20 años. Pues olé tú. Me bajo en Paddington, compro billete en una máquina, me dirijo al primer tren que veo, «¿Es este?», «Yes. Hurry up!», me monto con recelo, vuelvo a preguntar y sí, «To Reading». Respiro.

A mitad de viaje se me acerca un chico árabe y me dice que si le puedo guardar la maleta y yo —que soy todo corazón y más cuando mis capacidades comunicativas no dan para mucha discusión— acepto. Se va y se me acercan unos cuantos pasajeros: quieren revisar la maleta por si las moscas. Dentro solo hay zapatos. Todo el mundo vuelve a su sitio y yo me dejo atrapar por la noche británica que se desnuda ante mi ventanilla como si no fuera nuestra primera vez.

Al llegar a Reading ya está Victor esperándome. Victor es un chico ruso recién graduado que me subalquila su habitación. Lo de subalquilar es literal, porque al llegar me entero de que durante los días que esté allí yo ocuparé su habitación y él dormirá en el sofá. Sus razones tendrá. Vamos hablando todo el camino y, la verdad, es que el tipo me cae simpático. Ya en casa conozco al otro ruso en discordia con el que apenas cruzo dos palabras. Se llama Andre y no sé si tiene la capacidad de abrir los párpados o es que yo no soy digno. Una vez instalado —dejar maleta y ver qué repisa del frigorífico me corresponde—, Victor me cuenta que hoy es el último día en Reading de una amiga suya —rusa también toda ella— y que si me apetece acompañarle a beber unas cervezas en casa de ella. Mi naturaleza antisocial tiende a hacerme huir de estas situaciones, pero como aquí hemos venido a jugar y a practicar inglés: acepto. Antes me aseguro de que no es su novia o similar y de que aquello no va acabar en orgía rusa. Me dice que no, que solo van a beber cerveza y a ponerse ciegos de fumar marihuana. Mucho mejor. Me pregunta que si fumo y yo le digo que no, pero que me gusta mirar. Esta respuesta también me hubiera servido para lo de la orgía.

Llegamos con nuestras cervezas, esta rusa tampoco me mira, la casa está a oscuras, un montón de cajas por todas partes —recordemos que se muda mañana a Moscú— y la pipa preparada. Lo mejor de todo es que se pegan un buen rato hablando en ruso mientras yo sonrío con esa cara de idiota que tan bien se me da. Al final, falsa alarma porque ya es muy tarde para andar con tonterías: ni marihuana, ni orgía, ni serial killer, ni ná. Nos bebemos la cerveza, me hago amigo de la rusa a golpe de remo y preguntitas simpáticas y nos marchamos a casa. Yo ya tengo ganas de irme a dormir. El último recuerdo que tengo de mi primera noche en Reading es dejar caer los párpados mientras oigo a Victor comer pistachos como un ruso cabreado.

Al día siguiente miro por la ventana y me gusta lo que veo. Este piso no tiene WiFi —con todo lo que ello conlleva, ya lo veremos— pero estoy rodeado de casitas inglesas y a medio camino entre el centro y la Universidad. Para unos días parece que he acertado. Me calzo la mochila y me voy a conocer el Campus. Por el camino ya siento cuánto me gusta el ambiente y la arquitectura de los pueblos británicos. La primera vez que visité Inglaterra fue con 18 años y fue precisamente Reading donde estuve. Carambolas de la vida que contaré en otra ocasión. El caso es que lo que sentí entonces sigue dentro de mí: quiero vivir aquí. Quiero vivir en un sitio donde las casas son tan personales, las calles tan verdes, y los vecinos tan vigilantes.

Poniendo cuidado cada vez que cruzo una calle, llego hasta el Campus. ¡Es enorme! En España no tenemos universidades así y la verdad es que cuando llevo más de 20 minutos andando y aquello no parece tener fin, me doy cuenta de que puedo acostumbrarme rápido a algo así. Estoy tan emocionado que lo primero que hago es ir a comprarme una sudadera de la universidad. Al final no me la compro porque no me cabe en la mochila. Pero volveré. Luego me recorro todas las oficinas presentándome y pidiendo que me activen mi condición de estudiante a pesar de que me falte un mes para serlo y que me den una carta para poderme abrir una cuenta bancaria. No lo consigo. Me voy a la Biblioteca y ¡ay! Síndrome de Stendhal. Sólo me había pasado algo así en la Alhambra: quedarme sin aire de la emoción. No es una biblioteca particularmente bonita, pero es enorme y se me está sumando todo lo que siento desde que he entrado por la puerta del Campus. Me quedo un buen rato paseando entre libros y buceando entre páginas. Siento que la vida es corta para todo lo que hay allí. Finalmente enciendo el ordenador para conectarme a Internet. No puedo, tengo que tener activado mi perfil de estudiante. Lo que yo decía.

Sigo cruzando el Campus: más edificios, departamentos, instalaciones deportivas, restaurantes, prados, ríos, patos y finalmente el Departamento de Tipografía con todo su material, aulas, originales, biblioteca, taller de impresión, etcétera. De repente toda mi vida encaja aquí y yo no puedo ser más feliz.

Tras recorrer una y otra vez los pasillos que pronto serán mi casa, decido ir a conocer el centro de Reading. Por el camino voy tan contento que hasta los edificios sonríen a mi paso. Recorro los alrededores de Broad St. y me reafirmo en que me gusta Inglaterra y me gusta Reading. Estoy tan exultante que como en el Five Guys, me compro el nuevo libro de Harry Potter y no me importa liarme con las libras y los peniques. Nota mental: aprender a reconocer las monedas y billetes.

Por la tarde quedo con Clara, una diseñadora de rechupete que vive aquí, que me ha echado un cable las semanas previas a mi viaje y que es más maja que las pesetas. Es la primera vez que nos vemos en persona pero sospecho que no será la última. Hablamos de todo, nos reímos y me dice dónde hay una tienda de Oxfam donde venden libros baratos de segunda mano y cuyas ganancias van directas a la ONG. Entramos y nos tenemos que salir porque me vuelvo loco. Volveré.

De vuelta a casa entro en un supermercado indio y realizo mi primera compra. Nada especial, aunque no podía faltar la leche. Lo recordaba de otros viajes a Reino Unido y lo corroboro: la leche aquí está muchísimo más buena y para un lechero compulsivo como yo eso es una grandísima noticia. Nota para Cris: no me traigas Cola Cao, que esta leche está mejor sola. Antes de entrar a casa veo mi primer atardecer y no me puede parecer más bonito. Me estoy regodeando en mi ñoñería cuando me doy cuenta de que con tanto vaivén se me ha olvidado ir al Club de Lectura al que me había apuntado. La sesión del lunes era sobre uno de mis libros favoritos: Brave New World. Quería ir aunque solo hubiera sido para decirles que en España lo tradujimos como Un mundo feliz.

El martes día 9 me levanto decidido a conseguir WiFi, a que me activen la cuenta de estudiante y a que me acepten en un banco. Voy al Campus de nuevo y no pueden activar mi usuario aunque van a hablar con el supervisor —vuelva mañana—, no puedo abrir una cuenta bancaria porque me dan cita para dentro de 15 días y yo ya no estaré aquí, y no puedo conectarme al WiFi a pesar del ratazo que paso con el pobre chico de IT que encima es tartamudo y no sé si suda él más hablando o yo intentando entenderle. Me siento culpable cada vez que le hago repetir una frase pero me excuso diciéndole que es porque no entiendo bien el inglés.

Decido probar suerte en otras sucursales bancarias así que me voy al centro. En todas me dicen que mínimo 15 días para que me den cita. Me voy a la Biblioteca Pública a ver si puedo conectarme a Internet. Tengo que ser socio pero para ser socio necesito un proof of address (prueba de que tengo un domicilio fijo). Al menos me invitan a jugar a juegos de mesa con ancianos. Digo que no porque no conozco los juegos a los que están jugando. Me vuelvo al Campus y por el camino me arrepiento de no haberme quedado a echar unas partidas: hubiera sido divertido. Ya en la Universidad vuelvo a hablar con todo el mundo y creo que empiezo a ser famoso porque los trabajadores dicen que ya conocen mi situación. Aún así, no consigo nada. Me voy a comer a uno de los restaurantes del Campus. Hay de todo —pollo asado, wok en directo, tallarines, hamburguesas, ensaladas de todo tipo, comida italiana— pero yo como spicy rice, fruta y agua. De repente y sin previo aviso aparece Victor. Le cuento mi mañana y le digo que sin WiFi en casa —uso el tono más acusador que mi inglés me permite— estoy vendido y le sugiero que sería estupendérrimo que me prestara sus claves. Me dice que él ya no es estudiante —está en una aceleradora de empresas— y que usa el de un amigo ucraniano. ¿Y a quién le importa? No me puedo permitir tener escrúpulos. Me lo da y funciona. ¡Viva Kiev y la madre patria rusa! Por fin me puedo conectar a internet y hago unas cosas urgentes que tenía que hacer. El mundo se abre ante mí. Mañana volveré aquí para hacer Skypes a discreción.

La Biblioteca del Campus está abierta normalmente 24 horas —¿alguien ha dicho paraíso?— pero en verano solo hasta las 17.00, así que a esa hora suena una alarma antinuclear que me hace saltar de la silla. Por lo visto, la sutileza inglesa posee un montón de matices. Vuelvo a cruzar el Campus y me encuentro a cientos de asiáticos. Deben de estar de visita con algún programa de intercambio. Esta es una ciudad pequeña pero la multiculturalidad me rodea y me maravilla a cada paso que doy. Vuelvo a casa, dejo la mochila, opto por irme a recorrer un poco más la ciudad y cuando decido regresar a casa después de otra larga caminata miro el móvil y veo que ayer andé 20 kilómetros y hoy 19. Con razón estoy tan cansado. Hago una parada técnica en el supermercado y decido recompensarme comprando algunas guarradas de las que no hay en España. Aquí me gustaría comentar tres cosas: en todos los super venden tabaco aunque está oculto en un «armario secreto» y todavía no he visto qué tienen; las bolsas no te las cobran pero todo el mundo lleva la suya, lo cual dice mucho de ellos; y a última hora de la tarde puedes comprar productos que van a caducar en un par de días con descuentos del 50 %, es un trucazo que pienso aplicar.

Ahora sí, vuelvo a casa muy cansado y comienzo a escribir. Estoy agotado pero no quiero dejarme nada: esto es para mí y no es cuestión de resumir. El estilo de escritura me da un poco más igual pero lo que sí que intentaré mejorar son las fotos.

Me voy a tapar y a dormir, que a pesar de estar a primeros de agosto estas dos últimas noches he pasado un frío que no me merezco. No todo iba a ser bueno.

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Este es el primer post de una serie de anotaciones que voy a hacer con motivo de mi mudanza en agosto de 2016 a Reading (Reino Unido) para asistir al MA Typeface Design de la University of Reading.

¿Por qué lo hago? Pues porque entiendo que esta va a ser una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida y quiero dejar, en la medida que el tiempo me lo permita, una huella de lo que aprenda y sienta en este viaje. Va a ser un diario online muy personal en el que a veces se hablará de letras pero muchas otras, no. Lo hago pues porque es interesante, ante todo, para el Pedro del futuro, el cual —estoy seguro— querrá revisar y revisitar cada una de las etapas vividas; pero también porque entiendo que hay gente a la que le pueda resultar de utilidad lo que, de una manera más o menos ordenada, pueda volcar aquí ya sea por temas tipográficos o no, por lo que el diario queda así abierto al mundo.

¿Cómo voy a hacerlo? Para empezar, este diario comienza aquí y terminará cuando dé por concluida la experiencia: presumiblemente en septiembre de 2017. En cuanto a formato y frecuencia: ni idea. Iré viendo qué es lo más cómodo para mi nueva forma de vida o qué es lo que mejor funciona; lo que sí es seguro es que voy a escribirlo en español por muy bien que me viniera utilizar esta ventana para practicar inglés, porque, no nos engañemos, esto lo hago para que lo lea también mi madre.