7 al 9 de agosto de 2016

Es muy poético —aunque poco aliviador— que lo peor de un comienzo haya sido la despedida. Decir adiós, sobre todo, a Cris y a Bunbury —el perro— ha sido duro. Sé que el día a día de trabajo, los Skypes continuos y los vuelos de fin de semana harán que la distancia no sea tanta; pero de momento, los lloricos que nos echamos antes de partir no nos los quita nadie. Así que maletón con todo lo que quepa de vida, aeropuerto y al avión.

Mi primer compañero de viaje ha sido un londinense de origen indio casado con una mujer de Tudela (Navarra) con el que he estado hablando casi toda la parte final del vuelo —como por ejemplo de que en UK si te becan la carrera, en cuanto la terminas y consigues trabajo, tienes que devolver hasta el último penique— pero del que, ante todo, me he quedado con la sensación de que tengo dominada la comunicación verbal. Hasta que he llegado a la taquilla para sacar el billete de autobús a Londres. Me ha durado poco la ilusión.

He de decir que a la mitad de la gente la entiendo a la perfección y que ellos me entienden a mí, pero que a la otra mitad a duras penas les consigo cazar alguna palabra. Es cuestión de acentos y, muchas veces, de la actitud del interlocutor. Espero ir mejorando a poc a poc como diría mi queridísimo Damià.

El caso es que me monto en el autobús, configuro la tarjeta SIM que me había comprado desde España —la compañía es GiffGaff, es de prepago y funciona de maravilla—, aviso a todo el mundo de que todavía no se me han comido en la pérfida Albión, disfruto del verdísimo paisaje, de las rotondas inglesas que es donde el cambio de dirección más patente se hace y de la conversación de una señora mayor italiana que inmigró a Inglaterra con tan solo 20 años. Pues olé tú. Me bajo en Paddington, compro billete en una máquina, me dirijo al primer tren que veo, «¿Es este?», «Yes. Hurry up!», me monto con recelo, vuelvo a preguntar y sí, «To Reading». Respiro.

A mitad de viaje se me acerca un chico árabe y me dice que si le puedo guardar la maleta y yo —que soy todo corazón y más cuando mis capacidades comunicativas no dan para mucha discusión— acepto. Se va y se me acercan unos cuantos pasajeros: quieren revisar la maleta por si las moscas. Dentro solo hay zapatos. Todo el mundo vuelve a su sitio y yo me dejo atrapar por la noche británica que se desnuda ante mi ventanilla como si no fuera nuestra primera vez.

Al llegar a Reading ya está Victor esperándome. Victor es un chico ruso recién graduado que me subalquila su habitación. Lo de subalquilar es literal, porque al llegar me entero de que durante los días que esté allí yo ocuparé su habitación y él dormirá en el sofá. Sus razones tendrá. Vamos hablando todo el camino y, la verdad, es que el tipo me cae simpático. Ya en casa conozco al otro ruso en discordia con el que apenas cruzo dos palabras. Se llama Andre y no sé si tiene la capacidad de abrir los párpados o es que yo no soy digno. Una vez instalado —dejar maleta y ver qué repisa del frigorífico me corresponde—, Victor me cuenta que hoy es el último día en Reading de una amiga suya —rusa también toda ella— y que si me apetece acompañarle a beber unas cervezas en casa de ella. Mi naturaleza antisocial tiende a hacerme huir de estas situaciones, pero como aquí hemos venido a jugar y a practicar inglés: acepto. Antes me aseguro de que no es su novia o similar y de que aquello no va acabar en orgía rusa. Me dice que no, que solo van a beber cerveza y a ponerse ciegos de fumar marihuana. Mucho mejor. Me pregunta que si fumo y yo le digo que no, pero que me gusta mirar. Esta respuesta también me hubiera servido para lo de la orgía.

Llegamos con nuestras cervezas, esta rusa tampoco me mira, la casa está a oscuras, un montón de cajas por todas partes —recordemos que se muda mañana a Moscú— y la pipa preparada. Lo mejor de todo es que se pegan un buen rato hablando en ruso mientras yo sonrío con esa cara de idiota que tan bien se me da. Al final, falsa alarma porque ya es muy tarde para andar con tonterías: ni marihuana, ni orgía, ni serial killer, ni ná. Nos bebemos la cerveza, me hago amigo de la rusa a golpe de remo y preguntitas simpáticas y nos marchamos a casa. Yo ya tengo ganas de irme a dormir. El último recuerdo que tengo de mi primera noche en Reading es dejar caer los párpados mientras oigo a Victor comer pistachos como un ruso cabreado.

Al día siguiente miro por la ventana y me gusta lo que veo. Este piso no tiene WiFi —con todo lo que ello conlleva, ya lo veremos— pero estoy rodeado de casitas inglesas y a medio camino entre el centro y la Universidad. Para unos días parece que he acertado. Me calzo la mochila y me voy a conocer el Campus. Por el camino ya siento cuánto me gusta el ambiente y la arquitectura de los pueblos británicos. La primera vez que visité Inglaterra fue con 18 años y fue precisamente Reading donde estuve. Carambolas de la vida que contaré en otra ocasión. El caso es que lo que sentí entonces sigue dentro de mí: quiero vivir aquí. Quiero vivir en un sitio donde las casas son tan personales, las calles tan verdes, y los vecinos tan vigilantes.

Poniendo cuidado cada vez que cruzo una calle, llego hasta el Campus. ¡Es enorme! En España no tenemos universidades así y la verdad es que cuando llevo más de 20 minutos andando y aquello no parece tener fin, me doy cuenta de que puedo acostumbrarme rápido a algo así. Estoy tan emocionado que lo primero que hago es ir a comprarme una sudadera de la universidad. Al final no me la compro porque no me cabe en la mochila. Pero volveré. Luego me recorro todas las oficinas presentándome y pidiendo que me activen mi condición de estudiante a pesar de que me falte un mes para serlo y que me den una carta para poderme abrir una cuenta bancaria. No lo consigo. Me voy a la Biblioteca y ¡ay! Síndrome de Stendhal. Sólo me había pasado algo así en la Alhambra: quedarme sin aire de la emoción. No es una biblioteca particularmente bonita, pero es enorme y se me está sumando todo lo que siento desde que he entrado por la puerta del Campus. Me quedo un buen rato paseando entre libros y buceando entre páginas. Siento que la vida es corta para todo lo que hay allí. Finalmente enciendo el ordenador para conectarme a Internet. No puedo, tengo que tener activado mi perfil de estudiante. Lo que yo decía.

Sigo cruzando el Campus: más edificios, departamentos, instalaciones deportivas, restaurantes, prados, ríos, patos y finalmente el Departamento de Tipografía con todo su material, aulas, originales, biblioteca, taller de impresión, etcétera. De repente toda mi vida encaja aquí y yo no puedo ser más feliz.

Tras recorrer una y otra vez los pasillos que pronto serán mi casa, decido ir a conocer el centro de Reading. Por el camino voy tan contento que hasta los edificios sonríen a mi paso. Recorro los alrededores de Broad St. y me reafirmo en que me gusta Inglaterra y me gusta Reading. Estoy tan exultante que como en el Five Guys, me compro el nuevo libro de Harry Potter y no me importa liarme con las libras y los peniques. Nota mental: aprender a reconocer las monedas y billetes.

Por la tarde quedo con Clara, una diseñadora de rechupete que vive aquí, que me ha echado un cable las semanas previas a mi viaje y que es más maja que las pesetas. Es la primera vez que nos vemos en persona pero sospecho que no será la última. Hablamos de todo, nos reímos y me dice dónde hay una tienda de Oxfam donde venden libros baratos de segunda mano y cuyas ganancias van directas a la ONG. Entramos y nos tenemos que salir porque me vuelvo loco. Volveré.

De vuelta a casa entro en un supermercado indio y realizo mi primera compra. Nada especial, aunque no podía faltar la leche. Lo recordaba de otros viajes a Reino Unido y lo corroboro: la leche aquí está muchísimo más buena y para un lechero compulsivo como yo eso es una grandísima noticia. Nota para Cris: no me traigas Cola Cao, que esta leche está mejor sola. Antes de entrar a casa veo mi primer atardecer y no me puede parecer más bonito. Me estoy regodeando en mi ñoñería cuando me doy cuenta de que con tanto vaivén se me ha olvidado ir al Club de Lectura al que me había apuntado. La sesión del lunes era sobre uno de mis libros favoritos: Brave New World. Quería ir aunque solo hubiera sido para decirles que en España lo tradujimos como Un mundo feliz.

El martes día 9 me levanto decidido a conseguir WiFi, a que me activen la cuenta de estudiante y a que me acepten en un banco. Voy al Campus de nuevo y no pueden activar mi usuario aunque van a hablar con el supervisor —vuelva mañana—, no puedo abrir una cuenta bancaria porque me dan cita para dentro de 15 días y yo ya no estaré aquí, y no puedo conectarme al WiFi a pesar del ratazo que paso con el pobre chico de IT que encima es tartamudo y no sé si suda él más hablando o yo intentando entenderle. Me siento culpable cada vez que le hago repetir una frase pero me excuso diciéndole que es porque no entiendo bien el inglés.

Decido probar suerte en otras sucursales bancarias así que me voy al centro. En todas me dicen que mínimo 15 días para que me den cita. Me voy a la Biblioteca Pública a ver si puedo conectarme a Internet. Tengo que ser socio pero para ser socio necesito un proof of address (prueba de que tengo un domicilio fijo). Al menos me invitan a jugar a juegos de mesa con ancianos. Digo que no porque no conozco los juegos a los que están jugando. Me vuelvo al Campus y por el camino me arrepiento de no haberme quedado a echar unas partidas: hubiera sido divertido. Ya en la Universidad vuelvo a hablar con todo el mundo y creo que empiezo a ser famoso porque los trabajadores dicen que ya conocen mi situación. Aún así, no consigo nada. Me voy a comer a uno de los restaurantes del Campus. Hay de todo —pollo asado, wok en directo, tallarines, hamburguesas, ensaladas de todo tipo, comida italiana— pero yo como spicy rice, fruta y agua. De repente y sin previo aviso aparece Victor. Le cuento mi mañana y le digo que sin WiFi en casa —uso el tono más acusador que mi inglés me permite— estoy vendido y le sugiero que sería estupendérrimo que me prestara sus claves. Me dice que él ya no es estudiante —está en una aceleradora de empresas— y que usa el de un amigo ucraniano. ¿Y a quién le importa? No me puedo permitir tener escrúpulos. Me lo da y funciona. ¡Viva Kiev y la madre patria rusa! Por fin me puedo conectar a internet y hago unas cosas urgentes que tenía que hacer. El mundo se abre ante mí. Mañana volveré aquí para hacer Skypes a discreción.

La Biblioteca del Campus está abierta normalmente 24 horas —¿alguien ha dicho paraíso?— pero en verano solo hasta las 17.00, así que a esa hora suena una alarma antinuclear que me hace saltar de la silla. Por lo visto, la sutileza inglesa posee un montón de matices. Vuelvo a cruzar el Campus y me encuentro a cientos de asiáticos. Deben de estar de visita con algún programa de intercambio. Esta es una ciudad pequeña pero la multiculturalidad me rodea y me maravilla a cada paso que doy. Vuelvo a casa, dejo la mochila, opto por irme a recorrer un poco más la ciudad y cuando decido regresar a casa después de otra larga caminata miro el móvil y veo que ayer andé 20 kilómetros y hoy 19. Con razón estoy tan cansado. Hago una parada técnica en el supermercado y decido recompensarme comprando algunas guarradas de las que no hay en España. Aquí me gustaría comentar tres cosas: en todos los super venden tabaco aunque está oculto en un «armario secreto» y todavía no he visto qué tienen; las bolsas no te las cobran pero todo el mundo lleva la suya, lo cual dice mucho de ellos; y a última hora de la tarde puedes comprar productos que van a caducar en un par de días con descuentos del 50 %, es un trucazo que pienso aplicar.

Ahora sí, vuelvo a casa muy cansado y comienzo a escribir. Estoy agotado pero no quiero dejarme nada: esto es para mí y no es cuestión de resumir. El estilo de escritura me da un poco más igual pero lo que sí que intentaré mejorar son las fotos.

Me voy a tapar y a dormir, que a pesar de estar a primeros de agosto estas dos últimas noches he pasado un frío que no me merezco. No todo iba a ser bueno.

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