21 de agosto al 21 de septiembre de 2016

Tras mi aventura en el puto countryside ya estoy totalmente rehabilitado. He recibido un exceso de amor que ha restaurado mi fe en el ser humano; y ya no tengo un regusto amargo en la boca, mezcla de ira y humillación, tras las últimas noticias recibidas por parte de Workaway. Pero no adelantemos acontecimientos, rebobinemos…

Dos horas y pico de tren me separan del mundo civilizado —en su acepción más básica— que paso leyendo y respirando hondo. Llego a Londres donde me espera Elena. Voy a pasar un par de noches en su casa recibiendo atenciones y abracitos. El piso es agradable, bonito y cómodo. Muy inglés y eso me gusta. Y la comida no tiene etiquetas, me dice que puedo comer todo lo que quiera. La compañera de piso de Elena es Catherine Dixon. Para los lectores no tipográficos: una superwoman de las letras. Para los lectores tipográficos: la amo y me odio porque en nuestro primer encuentro no puedo dejar de balbucear. Catherine es inglesa pero es un cielo —en este momento de mi vida todavía tengo que incluir ese pero con los ingleses—. Nos vamos a echar unas cervezas con Santi, otro diseñador que ha pasado por Reading, y luego volvemos a cenar a casa. Catherine cocina para nosotros una cena estupenda, pasamos una velada agradable, como gente normal, hablando, riendo… ¿Tan difícil era, Barbara, Stuart?

El lunes me voy con Elena a trabajar a una cafetería, luego a una ferretería que es para hacer una película o dos ahí dentro, a comprar libros de segunda mano, a Central Saint Martins —ojalá hubiera estudiado ahí—, a reservar una habitación en una residencia de estudiantes cerca de King’s Cross para los próximos días y volvemos a casa en la parte de arriba de un autobús. Para rematar el día cocino una tortilla de patata. ¡He cocinado para Chaterine Dixon y le ha gustado!

El martes recojo todo, me voy a la residencia, comprueban mi carta de admisión a Reading —solo un pequeño vistazo, aquí dan por supuesta la buena fe—, dejo la maleta y me voy a Stansted a esperar a Cris. Mientras espero llamo a mi casa para contarles las últimas noticias y nos reímos por no llorar. Antes de que llegue Cris estoy tan nervioso como en nuestra primera cita. Cuando llega, todo cobra sentido, el sol brilla y los pajaritos cantan. Ese día cenamos por recomendación de Elena en el maravillo restaurante indio Dishoom y no puede ser una mejor bienvenida para Cris. El sitio es maravilloso y la comida fantabulosa. Luego nos vamos al Hall —es una residencia que casi parece un hotel de lujo pero con precio reducido— y me doy cuenta de que es el primer día desde que estoy en Inglaterra que voy a dormir en una cama en condiciones. Recapitulemos: en casa de los rusos en un colchón sin sábanas ni almohada, en el suelo de la wagon y en el cómodo aunque-sofá-al-fin-y-al-cabo de Elena.

A partir de aquí no quiero extenderme porque es una semana vacacional y nadie quiere leer por enésima vez que Londres es la putísima hostia. No descubro nada nuevo a nadie. Aquí el ritmo es diferente y las opciones de ocio, trabajo, gastronomía, cultura o lo que usted desee tienden a infinito. Voy a resumir.

El primer día nos encontramos con una cafetería cuya imagen corporativa está hecha con Valentina, vamos a la British Library, Canden Town, comemos pulled pork extra picante y alitas de pollo con vistas a Tower Bridge, nos tumbamos en la hierba como buenos ingleses —aquí los espacios públicos son eso: públicos—, vemos una boda asiática, vamos al Big Ben y terminanos el día tomando cervezas mientras el sol se acuesta cuando el cielo más bonito está.

El jueves vamos el ver el cambio de guardia y nos vamos a medias porque no es para tanto y hace tanto calor —Cris se lo ha debido traer consigo desde España. De hecho, en el telediario lo llaman Spanish Hot— que me voy a quedar pegado a cualquiera de los millones de personas que me rodean. Nos vamos a hacer algo más interesante y que no hayamos hecho en nuestras anteriores visitas a Londres: Natural History Museum por ejemplo. ¡Espectacular! Solo por la sección de dinosaurios merece la pena. Nota: recordemos que aquí los museos públicos son gratuitos. Comemos en Borough Market —yo una hamburguesa, por supuesto, y Cris termina con un brownie ES-PEC-TA-CU-LAR— y nos vamos a tomar cervezas con Elena y Catherine. Cuando nos vamos a casa pasamos por la Plataforma 9¾ porque está al lado de nuestro Hall y nos hacemos fotitos gratuitas y sin presiones —durante el día hay que hacer cola y pasar por caja—.

El viernes nos vamos a pasar el día a Brighton. Es una ciudad muy bonita, con una playa preciosa, un muelle con parque de atracciones, un palacio de estilo indio y un montón de tiendecitas interesantes. Me como otra hamburguesa en la playa y Cris el típico fish & chips. Pasamos un día maravilloso y he de decir que las piedras en la playa son más limpias que la arena pero tal vez menos cómodas. Eso sí, el agua está peligrosamente fría. No voy a decir todos los libros que me voy comprando durante estos días porque se me podría tachar de enfermo. Pero de Brighton me vuelvo con una bella edición de 1984. Acabamos el día cenando en el Jamie’s Italian que está en nuestro barrio. Me encantan los programas y libros de este tipo y, aunque somos reacios a que nos pueda sorprender, la verdad es que la comida está muy rica. La única pega es que pedimos pan para acompañar pero ellos entienden que es entrante y no comprenden cuando, tras un cuarto de hora sin tocarlo, les pedimos que nos saquen, por favor, la comida de verdad. Por cierto, para reservar mesa en este país es cuestión de un abrir y cerrar de ojos. Me he vuelto a instalar Foursquare porque, tras muchos años de early-adopter en Zaragoza, por fin vivo en un sitio donde sí es útil. El caso es que miras qué hay a tu alrededor, mola este sitio, reservar, de acuerdo. En treinta segundos tienes el proceso hecho.

El sábado nos vamos al Portobello Road Market y, aunque hay cosas interesantes, está demasiado absorbido por el turismo y ha vendido su alma sin ni siquiera regatear. Es bonito pero de lo que más disfrutamos es de pasear por Notthing Hill y toparnos con la casa donde vivió George Orwell. Hazme una fotico, porfa Cris. Gracias. Nos vamos a comer al Monty’s Deli que tiene fama de tener el mejor —y casi único— sándwich de pastrami de Londres. Es cierto. Lo gozamos como auténticos cabrones. Es casi como volver a estar en los USA. Lo malo es que está en una zona tranquila, una calle industrial sin nada más. Por no irnos por donde hemos venido decidimos salir por la puerta de atrás y ¡bum! Como si de magia se tratara nos damos de bruces con un espectáculo para todos los sentidos: Maltby Street Market. Me quiero quedar a vivir aquí. Más brownie, por favor. Seguimos tirando de travel card y nos movemos con el metro como pez en el agua, es cómodo. Por la noche nos vamos a la zona de Covent Garden a ver si vemos algún sitio donde haya ambiente cervecil. Andando, andando, nos volvemos a encontrar con un evento para chuparse los dedos. Esta es una ciudad tan grande que en la calle de atrás te pueden estar montando la fiesta del año y tú ni siquiera enterarte. El caso es que acabamos la noche en un festival multicultural en Southbank del que no recuerdo el nombre ni soy capaz de encontrarlo, lo siento, y nos sentamos en unas hamacas bebiendo Pims, cenando comida de Ghana y viendo la vida pasar.

El domingo nos vamos Cambridge. Ya he cogido más trenes en este país que en toda mi vida. Lo más cómodo del sistema inglés —muy caro por otro lado— es que compras un billete a dónde sea y no tiene horario como sí pasa en España. Si pierdes el tren coges el siguiente y listo. Las estaciones de tren se suceden y me doy cuenta de que hay mucha publicidad sobre libros como si de películas se trataran. En mi ciudad, al menos, no he visto jamás un anuncio de un libro. Tampoco de series de televisión. Ya en Cambridge visitamos algunos templos religiosos, el canal con sus turistas intentando remar y creando un verdadero caos y la Universidad donde se respira historia y conocimiento. Aquí han estudiado reyes, primeros ministros, espías soviéticos, premios Nobel, Charles Darwin, Isaac Newton, Alan Turing, Stephen Hawking, Lord Byron y un larguíiiiisimo etcétera. Para comer nos vamos a un street market y nos zampamos unos huevos a la escocesa con batatas fritas (o patata dulce) que quitan el hipo. De postre, brownie. Ya de vuelta en Londres pongo a funcionar el siglo XXI y Foursquare me dice que no muy lejos de aquí hay un sitio que me gustará y que los domingos más todavía. Además mañana es bank holiday (festivo) así que con más razón. Reservo en dos taps. El sitio en cuestión es The Blues Kitchen. La comida es estupenda y el ambiente maravilloso. Hay una banda de swing tocando en directo y gente bailando con una sonrisa en la boca. La mía no se queda atrás. ¿Sabes los juguetes esos de los niños con un cuadrado, un círculo, un triángulo, etcétera, para que aprendan a encajarlos en los huecos? Esa noche siento que por fin alguien me da la puta pieza de estrella para ese hueco imposible lleno de aristas que es la vida.

El lunes vamos al Notthing Hill Carnival, la mayor fiesta callejera de Europa que está protagonizada por las comunidades afro-caribeñas de la ciudad. Confirmamos que es un fiestón. Un mega fiestón. Bailamos, comemos, bebemos y volvemos a bailar. Y le enviamos vídeos a nuestros amigos Laura y Dani (los golokos) porque sabemos que les encantaría estar aquí y a nosotros que estuvieran. El final de la tarde lo pasamos en The Sherlock Holmes Museum —en el 221B de Baker Street, por supuesto— que es algo que me hace ilusión desde mi precoz adolescencia pero que luego no es para tanto. Eso sí, me compro el paquete completo de recuerdos. Solo me dejo la pipa. Terminamos en The Regent’s Park sentandos en el césped como todo buen inglés comiendo —¿adivináis?— brownie y de postre tarta Red Velvet. No sé si es el calor, las ardillas, el parque, el lago, los niños corriendo, los picnics improvisados que nos rodean o qué, pero esa maldita tarta está de muerte. Tenemos que aprender a hacerla. Nos vamos al Hall porque Cris mañana se va pero casi a media noche nos entra un hambre voraz. Nos apetece pizza. Foursquare me dice que sin problema. A diez minutos tenemos Pizza Union que es barato, bonito, delicioso y no es una de esas putas cadenas que tanto abundan por aquí.

El martes cogemos nuestras maletas y acompaño a Cris a Stansted. Volvemos a llorar en la despedida. Más vale que la tipografía se pueda convertir en pegamento porque mi corazón se rompe en pedazos cada vez que nos separamos. Me voy a Reading (bus y tren mediante) y de allí al Hall en el que voy a pasar los próximos días. No hay demasiada vida en el Campus porque todavía es período vacacional así que paso los días haciendo tareas pendientes con el ordenador —¡por fin WiFi!—, videollamadas, quedadas con Ewan y Clara, y con los del Máster que acaban de terminar y ya están en party mode. El mejor momento de la semana es la falafel party que montan con el sirio Mohamad en la cocina, también estudiante pero al que todavía no conocía. El resultado es: ¡ñam! Durante este segundo periodo en Reading confirmo que no es una ciudad tan interesante. Después de disfrutar del ritmo de Londres y pasada la excitación propia de las primeras semanas, me doy cuenta de que es una ciudad pequeña principalmente residencial. ¿Dónde estaban todas esas casas la primera vez? Supongo que en el mismo sitio pero yo las veía ideales. Lo único bueno es que tienen el salón en la calle y de noche se pueden hacer un montón de fotos a la gente cenando en sus casas. Soy un poco rollo la ventana indiscreta, lo sé. Pero bueno, como hamburguesas, sweet potatoes, pruebo las sidras de todos los sabores y sigo comprando cosas raras en el supermercado amén de una almohada que paseo por todo la ciudad —esto requiere una explicación pero es muy larga— y un edredón. Una pregunta para los ingleses: ¿por qué cojones le ponéis pasas a todos los bollos? Ya basta, ¿no? Para un rato están bien, ¿pero siempre? Estáis comiendo pasas por encima de vuestras posibilidades. Primer aviso. También pruebo la ginger beer y es, sencillamente, fantástica. Es sin alcohol y ni siquiera sé si sabe a cerveza de verdad, pero tiene un sabor a gengibre picante que me encanta. El 3 de septiembre me voy con Elena, Becky y Catherine al volante —en lo que ella llama my personal countryside rehabilitation— a Whittington para ver el auténtico countryside con su banda de música, sus hamburguesas caseras, sus juegos de habilidad tipo feria de pueblo, su té con sus pastas y la jornada de puertas abiertas de Whittington Press que es como el paraíso pero sin el como. También aprendo muchas cosas sobre la fascinante toponimia inglesa aunque he de decir que la pronunciación es sumamente extraña. Por ejemplo: Edimburgo se escribe Ediburgh pero se pronuncia «Edimbrá». Y así con todo, es difícil hasta para los ingleses. Que por cierto, a veces sueño en inglés. Lo difícil es pensar en inglés, ya llegará. Pero soñar es fácil si sueñas con alguien con quien hablas normalmente en inglés, claro. La anécdota de la semana es que en las duchas comúnes del Hall hay champús de todas la nacionalidades y yo los pruebo todos, por supuesto. Sin remordimientos. Hay uno que me deja la barba especialmente suave, perfecta, casi como el pelo de un adorable conejito, tanto que miro el bote para comprármelo. Es champú vaginal. Genial.

El domingo se acaba mi estancia en el Hall pero hasta el martes no me dan las llaves de mi nueva casa así que cojo mi mochila —he dejado mi maletón en Foxhill el día anterior— y me voy a comer una hamburguesa. Paso la tarde en un parque viendo a la banda tocar piezas clásicas como pueden ser la banda sonora de Star Wars o algunos superhits de Bowie. También veo a adolescentes hormonados intentando atraer a las chicas desplegando sus alas. Por la noche Ewan y Clara me acogen en su casa porque voy a pasar allí un par de días. Me tratan a cuerpo de rey, me doy cuenta de que el amor que tiene esta pareja por los animales roza la locura, aprendo qué es el Bradford Factor, desayuno Oat porridge que está delicioso, veo documentales en la tele pública, escribo una carta maravillosa a Workaway bajo la supervisión de Ewan y ellos me contestan que van a investigar el caso pero que de momento con lo que les cuento les cancelan temporalmente la cuenta a Barbara y Stuart. Que por cierto, LL y JD me dicen que han encontrado trabajo de Ingenieros, que se han ido de casa de los amos y que en su última conversación les preguntaron si sabían dónde estaba nosequé pieza de plástico del retrete y que igual me la había llevado yo para venderla en España. Malditos hijos de puta. LL y JD no pudieron aguantarse la carcajada.

En un soleado martes y 13 me mudo a Foxhill, conozco a la casera, elijo una habitación —la de arriba a la izquierda— y me instalo. Por fin tengo mi espacio propio con mi cama, mi nevera, mi lavadora y mi ducha. Me siento pletórico con tan poco que me doy cuenta de que tanto movimiento me ha pasado factura. Tres horas más tarde llega Joana, elige habitación —la de arriba a la derecha—, salimos al jardín frontal para verlo, se cierra la puerta y nosotros no llevamos llaves. Llamo al vecino, me recibe sin camiseta y con barriga y me deja saltar la valla de su jardín para poder entrar a mi casa de nuevo. Como presentación no está nada mal. Los siguientes cinco días los paso con Joana yendo a Ikea, explorando librerías, riendo, hablando y cocinando. Le cojo un cariño enorme y, si no pasa nada raro, siento que voy a tener una buena amiga para toda la vida al otro lado de la Península. Compartimos clichés nacionales. Yo le digo que si es verdad que en Portugal las toallas son famosas y las mujeres tienen bigote. Ella me pregunta que si nos duchamos, porque ellos llaman «baño español» a solamente echarse colonia y desodorante ya que tenemos fama de guarros. Ni lo suyo ni lo mío es verdad, pero nos da para unas cuantas bromas. Ella es de Oporto y tiene una caracola para escuchar el mar cuando lo eche de menos. La cojo, pego mi oreja y me entran ganas de llorar. Me recuerda a mi abuela, no al mar. Ella tenía una. Joana además es prácticamente bilingüe y se ríe cariñosamente de mi acento y de mi incapacidad para producir determinados sonidos que en español no existen. Los ejemplos son infinitos y empiezan por decir Espain en vez de Spain o no distinguir la diferencia entre la pronunciación de bug y bag. Aprendo mucho con ella y le pido que me corrija siempre que me equivoque. Uno de los días vamos a la Universidad y por fin consigo mi tarjeta de estudiante, inscribirme en el sistema médico inglés y abrir en el puto Banco Santander una cuenta bancaria básica a pesar de que les digo que soy jodidamente rico. Durante estos días empezamos a conocer también a otros compañeros del Máster. Por ahora todo el mundo parece genial aunque nadie conoce Zaragoza. Les explico que está cerca de Barcelona para que se ubiquen y alguien me dice que Barcelona estará cerca pero que no es España.

El domingo llega Franziska, mi otra compañera de casa. Es austriaca y aunque parece simpática, su forma de ser más fría que la nuestra —aunque reparte sonrisas por doquier— y su fuerte acento germano —gracias al cual no le entiendo ni el buenos días— hacen que me cueste más conectar con ella. Es cuestión de tiempo, pienso. Espero.

Pasamos el resto de semana luchando contra las pulgas. Aldus —el gato callejero que casi es uno más aquí— parece que tiene alguna que otra y a veces se les ve saltar por la casa. A mí no me afectan porque soy nieto de pastor, pero a la pobre Joana se la comen viva. Desinfectamos la casa, lavamos todo, dejamos la comida del gato en el jardín y esperamos a que se resuelva el problema. Mientras tanto me compro la bicicleta de Kostas —el estudiante griego que acaba de terminar— y me llega un mensaje de Victor —el ruso— para preguntarme si he descargado alguna película por torrent. Le digo que no, que siempre uso Netflix y Spotify. Me dice que su amiga ucraniana —de la que me dio la contraseña del WiFi de la Universidad— ha recibido un e-mail acusándola de haber descargado ilegalmente 10 Cloverfield Lane. ¡Ups, he sido yo! Cuando estaba en el Hall de la Universidad me apeteció verla y como no estaba en Netflix y soy español pues la descargué en un periquete. Lo malo es que ni siquiera era una buena película. Pido perdón, envío un e-mail a la Universidad para asumir toda la culpa y rezo por que no me deporten. A día de hoy sigo aquí.

El día 21 hay conferencia de Kris Sowersby en St Bride Foundation así que me voy a Londres con algunos de los que mañana serán mis nuevos compañeros de clase: Joana (Portugal), Franziska (Austria), Paul (Australia) y Yui (Japón). En St Bride saludo a mucha gente a la que conozco y a otra tanta que no pero que me dicen que les han contado mi historia en el countryside. Bueno, al menos ya he conseguido ser famoso en el mundo tipográfico. Me siento con Elena, que también viene, y veo la conferencia. Digo veo porque de escuchar ni hablamos. Entre que estamos en las últimas filas y la acústica no es demasiado buena, y que el tipo en cuestión tiene un interesante acento neozelandes no me entero más que de la mitad de lo que dice. Volvemos a Reading y me preparo para mañana. El gran día.

17 al 21 de agosto de 2016

Mi amigo Carlos me ha descubierto tantas cosas en esta vida que necesitaría otra vida extra para ponerlas en una lista. Así que vamos a ceñirnos a la última de ellas que además es facilita: Workaway, una web donde intercambias tu trabajo a cambio de una cama, comida y convivir con una familia para mejorar el idioma y conocer las costumbres locales. En cualquier parte del mundo, Reino Unido incluido, claro. Me pareció una buena idea para lograr una inmersión total en el idioma así que me registré antes de viajar a UK —previo pago de 23 euros— y envié solicitudes a todas aquellas familias que me parecieron más acordes a lo que yo estaba buscando. Contestaron unas cuantas pero elegí a una pareja formada por la italiana Barbara y el inglés Stuart en Hawkchurch porque me ofrecían una estancia más larga y, a priori, una mejor experiencia. El trabajo consistía en algunos trabajos de bricolaje —que incluían construir una cama y un armarito para el baño— y tareas del hogar —como cocinar, mantener la casa ordenada y pasear a la perra—. A cambio: cama, comida y convivir con ellos más sus dos hijos. Ser uno más de la familia, vamos. La casa estaba en el ‘countryside’ cerca de la Jurassic Coast, al suroeste del país. Perfecto: introducción hecha. Vamos a ello porque cuanto más rápido, menos doloroso.

El miércoles me despierto, no hay rusos en la costa, me empaqueto la maleta y me voy a la estación. Compro un billete de tren para Axminster —con transbordo en Basingstoke— y me monto. Nota para el Pedro del futuro: He de decir que en este punto todavía me siento inseguro cuando cojo un tren. El revisor pasa por los vagones y dice algo así como: «¿Alguien necesita que le revise el billete?». Qué amables, coño. Se lo doy para que me lo revise y me dice que me cambie de vagón y yo que soy un tipo fascinantemente curioso —o irritantemente preguntón— le pregunto que por qué y me dice que es porque en la siguiente estación van a descolgar este vagón para amarrarlo a otro tren que va a otro destino. Pues si es así, me cambio. Me paso todo el viaje leyendo el último de Harry Potter y mirando por la ventana lo verde que es Inglaterra. Si no está nublado es fascinante y más para alguien que viene de una tierra de secano.

Dos horas y pico después estoy en la estación de Axminster esperando a que Barbara me venga a recoger en coche. Toda la emoción que tengo se me borra de un plumazo cuando llega, dice «Hi!» con una media sonrisa, me da la mano casi apartándose y me dice que meta la maleta en un coche abarrotado. Abarrotadísimo. Lleno de mierda, vamos. Durante el camino hacia su casa hablamos. En realidad, solo habla ella. Llegamos. La zona es preciosa y la casa está en mitad de la nada. Puro countryside. Eso sí, es un casoplón con todos sus acres de espacio verde. Un paraíso. El caso es que, al llegar, me enseña la casa sin demasiada emoción —será que esta italiana se ha britanizado demasiado, pienso— y me lleva al terreno que tienen. Allí a lo lejos hay una tienda de campaña: «Allí duermen dos españoles» —Ah, que hay españoles. Pues vaya, yo que quería hablar solo inglés— «y allí dormirás tú», dice señalando una wagon. Nos acercamos y es una especie de caravana antigua recién pintada, recién puesta la electricidad, sin agua, sin baño, fría, sucia y sin cama. Yo, que tengo muy claras mis necesidades básicas, lo primero que le pregunto es: «¿Hay WiFi?». Me dice que no con cara de extrañeza. Nota para el lector: días después aprendería que esa cara significaba «para qué quieres WiFi, sucio primate». Temiéndome lo peor, lo vuelvo a intentar con una sonrisa entre lo simpático y lo bobo: «Pero cama sí, ¿no?». Sonríe con amabilidad, yo suspiro con alivio y me dice: «Es lo que has venido a construir, mira tienes los colchones allí». Miro hacia atrás y desde la puerta veo que allá, a lo lejos, hay dos colchoncillos tirados en medio del countryside: mi cama. Fantástico. «Tu primera tarea va a ser limpiar la wagon, pero antes vamos a la casa porque te voy a dar algo». Estoy tan patidifuso que cuando empiezo a caminar Barbara ya está cien metros por delante de mí. La intento alcanzar saltando como un cervatillo entre mata y mata cuando por el camino me encuentro con LL, la primera parte contratante de la pareja de españoles. «Hola, qué tal, yo soy Pedro». «Hola, ¿tú sabes dónde te has metido?». «¿Perdona?». Entonces aparece en escena también JD, la otra media naranja del comité de bienvenida: «Pero, ¿qué haces aquí, pobre incauto?». Ay, madre.

Me cuentan entre cuchicheos algunas cosas de las de esto no me puede estar pasando a mí y yo pienso que debería huir de allí ya. Ellos me tranquilizan, espera a ver, chiquillo, que tú igual te lo pasas teta. Tal vez los locos sean ellos, pienso, espero, ruego. Por mi bien. Sigo andando despacio, me meso la barba, le quito importancia, levanto la barbilla, dibujo una sonrisa y entro a la casa a por ese algo que me ha prometido Barbara. Me da una escoba y una fregona. Nada de si quieres comer algo que estarás cansado del viaje, un vaso de agua aunque sea, querido. Nada de si quieres ir al baño que igual eres de esos de vejiga pequeña, sí que lo soy, gracias, muy amable. Nada. Nada de nada. Veníamos a la casa a por los bártulos de limpieza y ahora que ya los tengo me vuelvo a la wagon. La limpio a conciencia y me traigo los colchones. Los pongo uno encima del otro y no alcanzan ni el espesor de un colchón corriente. El escenario es triste. Aparece LL con algunas cosas de las que tiene en su tent: sábanas, colchas, mantas y dos lámparas. Mi salvadora. Me vuelvo a quedar solo y abro la maleta. No tengo armario, no tengo mesa, no tengo ni una maldita silla. Cierro la maleta. Aparece Barbara con su amigo Jared, manitas de profesión, y me dicen cómo tengo que construir la cama. No hay mucho espacio así que será una cama que se recoja dentro de unos cajones que a su vez servirán de asientos y mesa. La tarea no es demasiado difícil para alguien que ha crecido en una carpintería y ha tenido la suerte de aprender —algo— de un ebanista excepcional. A la semana que viene iremos a comprar la madera. Cuando todo esté terminado, la idea es alquilar la wagon por 150 libras la noche en Airbnb. ¡Ja! Entre unas cosas y otras llegan las siete y pico de la tarde, hora de cenar aquí. Cuando voy a la casa, la niña se me acerca para jugar pero a Barbara le falta tiempo para decirle que se aparte de mí porque «Pedro necesita su espacio personal». Hay que reconocer que es una manera muy elegante de evitar que les pueda contagiar a sus hijos algo peligroso que porte desde Sudeuropa. Barbara hace la cena para todos, reparte la mejor parte para sus hijos y lo que sobra es para los incautos españoles. Cenamos casi en silencio y se va a acostar a los niños. LL y JD me dicen que ya no los volvemos a ver hasta mañana. Recogemos y limpiamos la cocina.

La pareja de españoles vienen desde Barcelona. LL es Ingeniera de Telecomunicaciones y JD Ingeniero Agrónomo. Ambos tienen alrededor de 40 años y han venido a Inglaterra a probar una nueva vida cansados de la inestabilidad del sector de la construcción en el que trabajaban en España. Llevan poco más de dos meses aquí y están buscando trabajo de lo suyo aunque, de momento, sólo han encontrado cosas de limpieza, jardinería y en la cocina de un restaurante de Lyme. Aguantan aquí porque así se ahorran pagar vivienda pero las historias que me cuentan son para no dormir. Como están juntos se apoyan el uno al otro y eso les hace sobrellevar mejor la situación —ella mejor que él, he de decir—. Me siento muy cómodo hablando con ellos porque son más majos que las pesetas. Me como un plátano del frutero, me he quedado con hambre tras la cena. JD apunta que él ha perdido ya casi diez kilos desde que está aquí y que ahora se compran su propia comida. Además duermen en la tent —la puta tienda de campaña— sin luz, sin agua, sin baño, sin internet, sin cobertura y sin dignidad. Me explican que los amos son unos clasistas, que los tratan como a sirvientes, que la relación es mínima, que una vez incluso llamaron a su trabajo para decir que JD no podía trabajar los sábados porque se tenía que quedar en casa para cuidar de Molly —la perra— ya que es el día que ellos se van de excursión familiar. Recordatorio: El trato de Workaway es que tú trabajas cuatro o cinco horas al día de lunes a viernes y la familia a cambio te da de comer, un sitio donde dormir y ser parte de una familia en una cultura diferente a la tuya. El resto de historias son también para prenderle fuego a la casa: que si un día les explicaron la diferencia entre la clase trabajadora y la clase media, en plan «vamos a dejar las cosas claras desde el principio»; que si otro día una amiga de Barbara les preguntó que si teníamos smartphones en España y si sabíamos utilizarlos; o la historia de la paella. Ay, la historia de la paella. No quiero alargarme mucho pero sé que tengo historias para ser el rey de todos los eventos sociales a los que asista de aquí hasta la eternidad. Preguntadme la próxima vez que me veáis. Y LL y JD tienen para sacar un best-seller que haga temblar al mismísimo Stephen King. En fin, tras una hermosa velada me voy a dormir a mi wagon pensando que mañana será otro día, que no puede ser tan horrible. No tengo ni cobertura ni WiFi para escribir a Cris así que hago lo que hago todas las noches desde que tengo capacidad para hacerlo: leer un libro. Lo intento con la poca luz que tengo pero es difícil. Decido dejarlo ya y echarme a dormir porque me pican los ojos y la garganta. Las paredes están recién pintadas y se nota. Además hace una humedad y un frío de mil pares de cojones porque es una caravana de mierda y el suelo son cuatro tablas de madera mal puestas. Me acurruco en mitad de ningún sitio e intento dormirme cuanto más rápido mejor para no pensar en la posibilidad de morir intoxicado por los vapores de la pintura. Este sería un gran momento para echarme a llorar pero no puedo dejar de temblar. Me repito que es de frío y no de miedo.

El jueves me levanto con energía, salgo de la wagon, marco un par de árboles y me voy a la casa. Me reciben LL y JD con un desayuno de su propia cosecha y Barbara con un reproche por haberme comido el último plátano y que sus hijos siempre meriendan plátanos y que ahora qué hacemos. Así que me explica cómo funcionan las cosas por aquí: puedo coger de todo salvo que haya una etiqueta que indique lo contrario —por supuesto, lo he documentado para los escépticos— o que quede poca cantidad, en cuyo caso no estoy autorizado a terminarlo. Es decir, mejor no tocar nada. Tras la clase didáctica me manda tarea para hoy: pintar armarios. Lo único bueno que saco de un día en solitario desmontando armarios, pintándolos y volviéndolos a armar es una sesión fotográfica a lo Breaking Bad — para muestra, un botón—. Eso sí, a media tarde cuando vuelve Barbara de su excursión con los niños, se acerca a la wagon para revisar mi trabajo y traerme un helado. Está contenta y sospechosamente simpática. Si fuera un mal pensado apostaría a que se me quiere zumbar. Se va y yo sigo con mi tarea y hace tanto calor y estoy tan hecho ya al countryside que voy descalzo y sin camiseta. Amo ir descalzo por todas partes y en el campo, más. Al final de la tarde me quedo viendo la puesta de sol. Los atardeceres son más bonitos aquí que en España, sin duda. Y el cielo en general tiene otro tono de azul. Supongo que influye la latitud a la que nos encontramos. Y las estrellas, ay las estrellas. Aquí, sin contaminación lumínica ni de la otra, se puede disfrutar de un firmamento poético. Para acabar la jornada voy a la casa cual pobre diablo a chupar algo de WiFi. Estoy en ello cuando llega Stuart. Él trabaja de lunes a jueves en Londres y sólo viene a pasar el fin de semana con su familia. Saluda a Barbara con un «Hi!» y nada más. No se tocan. Demasiado frío incluso para los británicos, pienso. A mí me saluda con cordialidad y se prepara algo de cenar. Para él. Recibo un mensaje de LL y JD que vienen con pizzas. Empiezo a pensar que estos dos me los ha enviado el Todopoderoso para hacer más llevadera mi estancia en el Hades. Hablamos un poco con Stuart que parece más simpático que Barbara. Nos propone practicar inglés con nosotros para mejorar pronunciación, solo 10 minutos al día —no vaya a ser que nos acostumbremos— pero ni eso le parece bien a la ama que grita: «¡Stuart, eso no puede ser porque estás muy ocupado!». Qué cerca hemos estado. Nos vamos y acabamos la velada en mi wagon —porque ya es mía por derecho propio— y noto que les estoy cogiendo un cariño enorme a esta pareja de españoles.

El viernes no deja de llover en toda la mañana como solo sabe llover aquí. Me dan unas botas de agua, un chubasquero y la correa de Molly. Tengo que ir a pasear a la perra, mínimo media hora me dicen. Al menos el paraje es fascinante y hago fotos de caminos, árboles y vacas. Parece que va a aparecer un hobbit de un momento a otro. Cuando regreso a la casa solo queda Stuart que me dice que le acompañe a la planta de reciclaje —un sitio enorme y fascinante, es algo nuevo para mí—. Llenamos una camioneta de basura bajo la lluvia y nos vamos. Una hora de ida y otra de vuelta hablando con él. Nos contamos nuestras vidas y le digo que en unos días viene mi mujer a visitarme y que seguramente me vaya unos días a Londres para estar con ella. Me dice que sin problema y que si queremos nos presta las llaves de su piso en Londres para que no nos gastemos dinero en hoteles. ¡Mira qué majo! No voy a aceptarlas pero es un detalle. Hacemos tan buenas migas —o eso parece— que hasta me cuenta sus problemas con su operación de próstata, que lleva dos meses jodido y que ni siquiera puede hacer in/out. No sé lo que es eso pero me lo imagino. Cuando volvemos a casa me dice que he trabajado muy bien, que descanse por hoy, y que él prepara la comida. Sale el sol. En todos los sentidos. Estoy tumbado en una hamaca cuando regresa Barbara hecha una furia diciéndome que he llenado el suelo de pintura, que muy mal, que tendría que haber puesto más cuidado, que eso no puede ser y que he echado a perder un suelo precioso. Me quedo sin habla, cubrí el suelo con plásticos y seguro que alguna gota se me escapó. Pero nada dramático, mujer. Le digo que luego lo miro y lo arreglo, que perdón por haber nacido. Stuart dice que va para allá a mirarlo, que seguramente será fácil de limpiar. Recojo la cocina para compensar y voy a mirar el estropicio. No hay ni una miserable gota. Si a Stuart le ha dado tiempo de arreglar tal hecatombe en solo deiz minutos o es un superhombre o es que no era para tanto. Me siento como en una montaña rusa emocional. Por un lado Stuart parece un tío interesante y simpático a su manera. Por otro, Barbara está como un cencerro y sus idas y venidas de humor ya me han hinchado los cascarones. ¿Me quedo o no me quedo? ¿Aguanto un poco más o escapo en mitad de la noche? Vuelvo a la casa y me choco de narices con la respuesta a mis preguntas. Han llegado unas amigas de Barbara y cuando me ven apartan la mirada y ni siquiera me saludan. Ni nadie me las presenta. De hecho, Barbara me cuenta, me dice, me comenta que esta noche van a hacer una cena con los amigos y que si no me importa desaparecer una horas y que ya, si eso, ceno yo más tarde. Paso la tarde leyendo en la wagon sin nada más que poder hacer. Tienen suerte de que me guste leer porque si no tendría demasiado tiempo para planear su asesinato y posterior ocultamiento de los cuerpos. Pasan las horas y me siento como un preso. Tengo hambre. Son las diez y decido ir a la casa. Entro a la cocina-comedor a por un vaso de agua para probar suerte. Ni me miran. No me atrevo a ponerme a buscar en la nevera, soy así de gilipollas. Stuart se levanta, me lleva a la otra habitación y me enciende la tele. Mira, puedes ver los Juegos Olímpicos, si quieres cambiar de canal nos preguntas y te decimos cómo. No es que yo sea muy de ver deportes en la tele, pero los JJOO me apasionan y estos son los primeros minutos que veo de esta edición. El equipo femenino del Reino Unido gana la medalla de oro en hockey hierba. Encima. Cambio de canal con el mando a distancia y aprendo a usarlo por mí mismo —oh, magia, ¡brujería!—. Estoy seguro de que Barbara y Stuart estarían muy orgullosos viéndome utilizar tecnología que se escapa a mi condición de bárbaro con mis maravillosos pulgares oponibles. Me quedo fascinado con Celebrity Big Brother. Todo lo que sea en inglés me viene bien, incluso esto. Al menos desde allí puede mensajearme con Cris y Elena, que cada vez están más preocupadas por mí. A las once me vuelvo a la wagon con un agujero en el estómago y otro en el corazón. Empiezo a sentirme vacío y despreciado. De repente llegan LL y JD de trabajar y traen comida y sonrisas. Estos ratos empiezan a ser lo único que merece la pena de estar aquí.

El sábado me despierto pensando en que o cambian mucho las cosas o estos ya no me ven el pelo —es un decir— nunca más. Desayuno con los españoles y, antes de que todo el mundo haga bomba de humo, Stuart me dice que me vaya a la parte de allá del campo, esa del fondo que ves ahí y quite todas las malas hierbas —en Inglaterra esto tiene un sentido distinto y superlativo que en España, porque aquí la vegetación se reproduce de manera selvática—. Lo de que es sábado y tal no importa al parecer. Antes de quedarme solo en la finca me dice que es un problema que me vaya con mi mujer, que ellos habían organizado todo para que trabajara toda la semana, que ya no sabe si me va a poder dejar su piso de Londres —chantaje profesional— y que bueno, que lo entiende pero que es una putada porque Barbara tiene mucho trabajo y necesita ayuda. Yo le digo que lo siento pero que no voy a dejar a mi mujer sola en Londres por estarme limpiando sus mierdas mientras su mujer se toca el coño todo el día. Que es muy lícito pero que yo allí no tengo ninguna obligación para con ellos por muy hijos de la grandísima puta que sean. Bueno, en realidad eso es lo que pienso y lo que digo es mucho más políticamente correcto. Así que me calzo las botas de agua, me cojo un rastrillo y una horca y me paso toda la mañana trabajando como un cabrón para olvidar. Bajo la lluvia y con intensidad, no vaya a ser que me dé por hacer alguna tontería. Arranco y amontono. Arranco y amontono. Solo arranco. Y amontono. A mediodía sigo estando solo —esto es un no parar de practicar inglés— así que picoteo algo de comida de aquí y allá con más miedo que otra cosa a no tocar algo que no deba y, de repente, mi móvil suena. Es un mensaje de Barbara. Que ya le ha contado Stuart, que quién me he creído que soy, que mira tú qué putada nos haces, que me tendría que quedar mínimo hasta el miércoles, que luego viene otra pareja así que mejor que no vuelva y que mi comportamiento es una verdadera vergüenza. Me quedo blanco. Me vuelvo a la wagon. Empieza a llover. El cielo se vuelve negro y hace frío. Bucólico. Estoy muy enfadado. No soy un tipo violento, de verdad. Creo que no he pegado una bofetada en mi vida a nadie. Hasta evito matar insectos. Pero la única manera que veo de resolver esto es a hostia limpia. Quedan más de seis horas para que regresen los españoles y tras sopesar todas las opciones decido atrincherarme en mi posición y que mañana por la mañana me lleven —ellos tienen coche— a Axminster para coger un tren. No tengo cobertura, no tengo internet y no puedo irme caminando con la maleta y esta lluvia hasta el pueblo más cercano a pedir que alguien me saque de allí. Me jode pero no veo otra solución. Durante el transcurso de la tarde se me pasa por la cabeza todo tipo de pensamientos. Pienso en rajarme —levemente, no asustarse— y pintar con sangre mensajes satánicos en las paredes. Pienso en mi madre y en cómo ella trataría a un workawayer a cuerpo de rey. Joder, no puedo dejar de pensar en mi madre. Es curioso. Se oyen truenos. Lo que faltaba para redondear la escena. También pienso en el karma y en que siempre trato como iguales a todo el mundo. No es justo que me esté pasando esto a mí. Se me ocurren cientos de personas a las que esta lección vital les vendría de perlas para no decir tantas tonterías sobre los inmigrantes. No tengo necesidad de esto, puedo pagarme una cama. He venido para compartir una experiencia con una familia y para practicar inglés. A cambio prometía trabajo duro y conversaciones interesantes. Pero lo único que he recibido es limosna en forma de raquítico colchón e indiferencia. Y no me gusta perder el tiempo y aquí estoy jugando al ordenador porque ni siquiera hay suficiente luz para leer —hacía años que no jugaba a ningún videojuego porque nunca he sido un apasionado, pero por suerte tengo una ROM del Donkey Kong al que jugaba en las recreativas con mi amigo Manolo—. El tiempo no vuelve. El dinero sí, pero el tiempo no. Y yo lo estoy malgastando aquí mientras tengo que mear desde la puerta de una wagon apuntando hacia la oscuridad. El caso es que me paso las seis siguientes horas con esta visión y mi moral va decayendo poco a poco. Cada vez estoy más acobardado y abatido. Temo que Barbara y Stuart se planten allí a decirme nosequé en su puto idioma y me pongan de patitas en la calle con la que está cayendo. Encuentro una mínima señal de cobertura. Si extiendo el brazo hacia un punto concreto y no me muevo puedo mandar mensajes de texto. Solo eso. Asusto más todavía a Cris y a Elena con las novedades. Elena está dispuesta a hacerse tres horas en coche de ida y tres de vuelta para venir a buscarme. Le digo que no se preocupe, pero que mañana estoy con ella. Se me duerme el brazo, lo muevo un poco y pierdo la señal. Vuelvo a estar solo. Esto es muy precario, joder. Han conseguido que deje de sentirme ser humano. Me relajo y espero pacientemente a que llegue el Séptimo de Caballería. Sobre las once llega con comida y bebidas alcohólicas. Les digo que van a ser los padrinos de mis hijos. Nunca he hablado más en serio. Les imploro que mañana a primera hora me lleven a Axminster. Me lo prometen.

El domingo me levanto con el sol, he descansado solo unas pocas horas pero estoy impaciente por salir de mi ratonera. Recojo todo, me voy a la parte de atrás de la casa y nos vamos. Sin decir adiós. Sin remordimientos. Conforme se suceden las millas yo empiezo a sentirme mejor. Pasamos la mañana en Lyme porque LL y JD insisten en que no me puedo ir de esa parte del país con sabor amargo. Lyme es precioso y para atestiguarlo ahí van un globo, dos globos, tres globos, la luna es un globo que se me escapó. Para pagarles lo impagable les invito a un Full English Breakfast que cae en mi estómago como el mayor de los manjares. Como ya me conocen me llevan también a The Sanctuary Bookshop y alucino con cada rincón. Paseamos por la playa y para llevarme al menos un recuerdo bonito de esta tierra le compro unas pendientes de ámbar a Cris. Estamos en la Costa Jurásica y los fósiles están en cada esquina —en este país, al parecer, no es ilegal cogerlos o venderlos—. Me llevan a Axminster y cojo un tren hacia Londres donde me espera Elena.

Parece que haya pasado un mes entero desde que llegué al puto countryside pero han sido escasamente cinco días. Ha sido una experiencia desafortunada y he sentido cosas que nadie debería sentir. He podido comprobar mínimamente cómo es sentirse inmigrante en este mundo cruel. No quiero ser melodramático pero es así. Y para mí no es traumático porque estamos en el siglo XXI y mi situación no es desesperada, soy un afortunado y aún no he llegado a Londres y ya se me ha olvidado. Pero bueno, más allá de eso, lo que realmente me fastidia es haber perdido la oportunidad de vivir una experiencia increíble. A mí no me importa trabajar doce horas al día —¡he sido autónomo!— si me hacen sentir como a un igual, si soy parte del equipo y si se me respeta y se me trata con dignidad. Para evitar que esto le suceda a alguien más voy a escribir a Workaway para decirles que hay personas que se están aprovechando de una idea maravillosa y que están engañando a gente como yo a través de una descripción muy bonita y algunas pocas valoraciones positivas que han conseguido a cambio de dar ellos también un feedback positivo. A mí me la pela, esto no se queda así ya no por venganza sino porque no quiero que nadie vuelva a caer en la trampa. Que conmigo como tonto del año ya es suficiente.

No puedo terminar esta entrada del blog sin hacer hincapié, una vez más, en la generosa ayuda y la deliciosa compañía que me han brindado LL y JD. Me han mantenido vivo —no literalmente, pero casi— y han sido un motivo de alegría diario. Hemos pasado relativamente poco tiempo juntos pero hemos compartido tantas cosas y nos hemos reído tantísimo, que no creo que nunca pueda olvidarlos. He conocido a poca gente con tanta rasmia, tan valientes, honestos, trabadores y orgullosos como ellos. ¡Nos vemos en Bristol, amigos! 😉

Música

Esta entrada ha sido escrita escuchando la OST Stranger Things (Kyle Dixon & Michael Stein) porque es bien culpable de que la serie mole tanto y el MTV Unplugged. El libro de las mutaciones (Enrique Bunbury) para compensar que no pude ir al concierto de Zaragoza.

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