24 al 30 de octubre de 2016

La sesión del lunes con Michael Twyman va sobre rotulación y es, para variar, superlativa. Es una suerte tener a este hombre aquí enseñándonos todos estos tesoros. El resto del día lo intercalo con un ratico de gimnasio-de-desconexión y trabajo duro hasta casi la medianoche.

El martes con Gerry hacemos un ejercicio para aprender a mirar documentos y detectar necesidades y problemas tipográficos. Acto seguido, James Mosley y la construcción geométrica de las mayúsculas. Terminamos, comemos en un abrir y cerrar de mandíbulas y regresamos con Gerry. Toca feedback sobre nuestros bocetos. Volvemos a casa de noche y el cansancio posándose sobre nuestros hombros.

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Gerry derrochando sabiduría. De espaldas: Franziska y Joana, mis compañeras de casa.

El sistema educativo británico se basa en darte todos los recursos del mundo y toda la libertad posible. El miércoles, por ejemplo, no tenemos clase. Es tu opción trabajar o no. Paso la mañana definiendo más y más mi proyecto y a mediodía me voy a realizar el experimento con el que tuvimos gatillazo hace unas semanas. Esta vez el ordenador funciona. Me miden la cabeza —56 centímetros de almendra os contemplan— y me preparan para el experimento. Es fascinante ver la actividad de mi cerebro en un monitor. El experimento dura dos horas largas que son, mentalmente, una apisonadora. Sin pestañear tengo que ver una imagen y leer una frase que aparece en flashes palabra por palabra en la pantalla. Son como quince segundos tras las cuales hay una pregunta referente a la correspondencia imagen/texto que tengo que contestar y mientras la cual sí puedo descansar los ojos. Esto mismo: 480 veces. Cuatrocientas. Ochenta. Veces. Cuando termino pregunto en qué consiste todo esto y ellos muy amablemente me lo explican. Cuando se publique el paper lo colgaré aquí. Es una investigación sobre cómo actúa el cerebro en los diferentes idiomas con las palabras ambiguas. Salgo y me hago un hangouts con Carletes, que es otra de esas actividades mentalmente agotadoras por la velocidad e intensidad de nuestras conversaciones. Cuando terminamos me voy a cenar con Clara y Ewan. Me llevan al bar del monje. Cuando llego, entiendo el porqué. Me como una hamburguesa, claro. Cuando terminamos me voy a casa porque tengo que hacer cosas. Pero mi cerebro está empezando a desconectar. Me echo a dormir cuando todavía no son las diez. Es, probablemente, la vez que más temprano me voy a la cama en toda mi vida pero tengo los plomos fundidos. Bueno, no hay que preocuparse: antes me levantaré mañana.

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Con Dave —el investigador— antes de empezar a freírme el cerebro.

El jueves tenemos sesión a las once y yo me levanto con la hora justa. He dormido más de doce horas. Como un campeón. Y mi cerebro todavía tiene agujetas. Maldito experimento. Vamos al Studio para la sesión de script árabe. Por la mañana tenemos a Fiona Ross para el punto de vista tipográfico y por la tarde a Mohamad —estudiante del pasado curso y al que conocí en la falafel party— para el caligráfico. Entre medias tenemos Seminar de uno de los doctorandos y hoy le toca el turno a David Březina. Salimos de nuevo cuando el sol ya ha decidido rendirse pero yo siento que todavía puedo ganar la batalla. Aquí las cosas se suceden con normalidad pero, por ejemplo, echando la vista atrás el lujo de día que hemos vivido hoy es difícilmente superable. Termino el día entre el gimnasio remando y el ordenador trabajando. Algunas de mis compañeras van al cine pero yo tengo que terminar una cosa y mis plomos vuelven a estar fundidos. El experimento me ha pasado factura pero también es cierto que, desde que estoy aquí, duermo más. En España me bastaban seis o siete horas para estar todo el día como una moto. Aquí necesito ocho o incluso nueve. Supongo que será por el idioma. Abrazo a Morfeo con la BBC Radio en mis auriculares.

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Workshop de caligrafía árabe con Mohamad. De izquierda a derecha: Natalia, Nathan, Andrea y Kaja. En primer plano, mis patéticos intentos de escribir «Pedro».

El viernes me levanto ya recuperado y paso la mañana trabajando y chateando con Yui a la que no puedo evitar preguntar por sus emoticonos. En Japón los emoticonos son horizontales y de una complejidad maravillosa. Me recomienda Simeji App (Android & iOS). ¡Ah! Y me compro mi nuevo Macbook Pro. Ayer fue la keynote que llevaba esperando un año y lo que presentaron o no me gustó o era muy caro. Así que me compro el modelo de 2015 por menos pasta y mejores prestaciones. Nota para el Pedro del futuro: Ayer presentaron la ‘Touch Bar’ en un MB Pro que ya no merece llamarse Pro. A mediodía me voy a la clase de Academic Grammar con Natalia que es interesante pero que el profesor la hace lentísima y luego se suma Ute para la de Academic Writing que es todavía más interesante y, además, mucho más dinámica. Durante la clase, Natalia se confunde y me llama Pablo. Es la tercera persona de mi clase a la que le pasa. Es gracioso que a los extranjeros les suene Pablo como el típico nombre español y lo confundan con el mío porque, según me dicen, «se parece». Como no hemos tenido tiempo para comer vamos a la Residencia de Natalia a dejar la bici, a recoger a Nathan y directos a un restaurante indio que es barato y está rico: Cafe Madras. Se suma Andrea para lo que se ha convertido en la cena porque entre unas cosas y otras se nos ha hecho de noche y yo estoy hambriendo. La comida, por suerte, me parece deliciosa. La gente está cansada y yo voy un poco tipsy —no se preocupe, madre, quiere decir «contentillo»— y no hay nada más triste que irse a casa solo y con ganas de juerga. Pero es lo que sucede y allí conozco a Igor, el novio de Joana, que pasará aquí los próximos días.

El sábado paso la mañana trabajando desde bien temprano y cuando termino, pasado ya el mediodía, me voy a Fun’n’Frolic, una tienda de disfraces que está donde Reading deja de ser Reading. Literalmente. Voy con la bicicleta bordeando el Támesis y hablando con Cris en un paseo que es bonitísimo. La tienda es fantástica, es grande y está repleta. Las opciones son infinitas y no faltan la de enfermera sexy, policía sexy, superwoman sexy y lo que sea pero siempre sexy. Las versiones para hombre son normales. En fin. Me compro un traje de jugador de béisbol zombie y me voy a casa previo paso por el centro a comer algo. Cris me pone al día. Hoy Mariano Rajoy (PP) se convierte de nuevo en Presidente del Gobierno de España gracias a la abstención del PSOE. Nota para el Pedro del futuro: Si el día de hoy no es un punto de inflexión en la historia política española hazte un favor, emigra. El caso es que hoy tenemos fiesta de Halloween en casa de Letizia —a la que recordaremos de otras fiestas como aquella del Pims— y tras un poquito de trabajo para matar el rato, comienzo a disfrazarme y maquillarme. Queda feo decirlo, pero las pelucas me quedan genial. Aprovecho para pintarme las uñas de negro que es algo que hago siempre que tengo ocasión. El resto de compañeros vienen a casa y desde aquí vamos a la fiesta. La decoración de la casa, la comida, la gente, la música… En fin, es todo perfecto y pasamos una noche divertidísima. Si algún día os cruzáis en el camino con Letizia dadle las gracias por hacerme pasar tan buenos ratos y preguntadle cuándo celebra la próxima fiesta. No os la perdáis. En cuanto al inglés, me voy muy contento a casa porque, a pesar de la música, entiendo todo y ya soy capaz de estar integrado con normalidad en las conversaciones. En tan solo dos meses, la mejora es considerable. También aprendo que si como, puedo beber con normalidad. Por cierto: amo a mis compañeros de clase. Me desmaquillo y me voy a dormir.

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Esta es mi cara de : ¿nos echamos unos bateos y nos comemos unos cerebros?

El domingo es día de descanso. Y descanso aquí quiere decir trabajar, leer y escribir pero con jazz de fondo. Y un partido de NBA.

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Del 17 al 23 de octubre de 2016

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Algunos de los MATD1617 en Amiens (Francia). De izquierda a derecha: Yanghee, Yui, Pedro, Kaja, Andrea.

Lunes, gimnasio, Michael Twyman —carteles ingleses de principios del XIX a principios del XX—, voy al centro, me meto en el Waterstones y hago un verdadero esfuerzo para no salir de allí con una docena de libros. Hay que reconocer que las ediciones inglesas son mucho más bonitas que las españolas. Voy a una papelería a por post-it y resulta que aquí tienen un precio que casi hay que pedir un préstamo para comprarlos. Ya miraré en otro sitio. De momento usaré papel de fumar —porque ya no lo necesito— para marcar libros. Sí, hoy es un día importante: he escrito por primera vez en un libro. Sí, amigos. He dado el paso. Necesito marcar páginas, señalar algunas frases y hacer comentarios. Me fastidia pero mi cabeza no da para más. Muchos años leyendo y no soy capaz de recordar dónde leí esto o dónde puedo consultar aquello. Así que en inglés y con una investigación por delante, se hace obligatorio dejar de lado al Pedro remilgado. Vuelvo a casa y paso el resto del día trabajando hasta que los ojos empiezan a escocerme.

El martes toca sesión de Mosley sobre la invención de la imprenta. Ya me he acostumbrado a sentarme en primera fila para escuchar mejor. Los nativos para atrás, por favor. Estoy contento porque ya entiendo el 80 % de lo que dice y eso es una gran noticia dado que es todavía la tercera sesión y en la primera apenas entendí la mitad de lo que nos contó. Nos vamos a casa, comemos ratatouille edición austriaca y me subo corriendo a mi habitación porque tengo Skype con un diseñador colombiano. No aparece. Lo que sí que aparece es un mensaje de Tobias Frere-Jones —uno de los dioses de mi particular religión politeísta— felicitándome por mi artículo sobre él en Gràffica pero apuntándome que mejor cambie un par de cosillas sobre su pasado relacionado con su ex-socio. Desde el punto de vista de prensa rosa tipográfica, el mensaje es una joya. Me voy al gimnasio a quemar algunas calorías y cuando vuelvo resulta que toda mi clase tiene el corazón en un puño porque el Eurotúnel está cortado y nosotros esta noche nos vamos a Francia. Por cierto, el Canal de la Mancha en francés es La Manche pero en inglés es English Channel porque ellos son más chulos que nadie. El caso es que al final lo reabren y nuestro bus saldrá a la hora prevista. Para matar el rato me hago un Skype con mis padres que acabo con un por favor, para navidades quiero un banquete en condiciones con cosicas ricas españolas. Por la noche nos vamos a la estación, cogemos el tren para Londres, el metro para Victoria Station, el bus para Lille, el tren para Amiens y caminamos hasta el apartamento que hemos alquilado. Toda una noche viajando para llegar reventados a unas conferencias tipográficas. Lo mejor del viaje es mi conversación sobre política estadounidense con Nathan (Estados Unidos) —Nota para el Pedro del futuro: en quince días son las elecciones para decidir entre D. Trump y H. Clinton— y atravesar el dichoso Eurotúnel. El autobús se monta en un tren para autobuses, cierran compuertas para aislar a cada uno de los vehículos y en más o menos una hora estás al otro lado. Digo más o menos porque eran las dos de la madrugada y tenía un ojo medio abierto y el otro medio cerrado.

Lo primero que recuerdo del miércoles —día en que mi abuelo Pedro cumple 91 años como un campeón— es llegar al apartamento y echarnos a dormir un par de horas. Tras descansar un poco los ojos nos vamos a las conferencias. Hemos venido a pasar tres días a Amiens para ver la Sans Everything. Hemos venido toda la clase excepto Murad (Jordania) y New (Tailandia) por problemas bruocráticos con sus visados. Una muestra más de que en Europa somos gilipollas. Las primeras conferencias son a cargo de Indra Kupferschmid y James Mosley. Sí, el de los martes. Por la tarde hay conferencia de Victor Guégan pero yo me voy al piso con Natalia (Grecia), Yui (Japón) y Yanghee (Corea del Sur) porque el casero nos quiere hacer chantaje con una cuota de limpieza y no sé qué mierda más para que paguemos un extra. Así que vamos a decirle que no nos gustan los chulitos. Debe de ser por el tono del mensaje que le manda Natalia porque resulta que cuando viene, el lobo se ha convertido en un corderito. Imagino que es el típico listo que piensa que si cuela, cuela. En fin, nos vamos a cenar todo el grupo y a beber vino. Que estamos en Francia. Coño.

El jueves me levanto con la espalda molida porque mi colchón ha decidido estar tirante conmigo. Me arrastro a las conferencias y la primera es a cargo de Alice Savoie y Dorine Sauzet pero como ya he visto parte de esta charla en el YouTube del último ATypI y además el tema franchute me lo sé de memoria por culpa de Manuel, me quedro frito. La siguiente charla a cargo de Christina Poth también me la paso durmiendo pero para esta ya no tengo excusa. Natalia aprovecha para echarme fotos y compartirlas con el resto de la clase. Se me ve feliz. La última charla antes de la comida es a cargo de mi admiradísimo Cyrus Highsmith y es de las mejores conferencias que he visto en mucho tiempo. A pesar de que es la típica charla-enseña-portfolio que no me gusta, suelta algunas frases inspiradoras con un ritmo y una delicadeza verbal que me hipnotizan. Acaba la sesión matinal y algunos nos vamos a ver la catedral de Notre-Dame de Amiens que está basada en la de París aunque superándola en tamaño y altura. El gótico es mi estilo así que salgo de allí más contento que unas castañuelas. Vamos a comer y yo pido conejo con nosequé. Muy rico. Volvemos a las conferencias y nos encontramos con el resto del grupo. Yui me pregunta que qué hemos comido, le digo que conejo. Le cambia la cara. «Nooooo, en Japón los conejos son mascotas, todos mis amigos tienen uno.» Me lo dice con tanta pena en la mirada que decido no volver a comer conejo en mi vida. Intento paliar la situación diciéndole que estos conejos no son adorables, que fuman, dicen tacos y pegan al resto de los animalitos del bosque. Siguen las conferencias con Jean-Baptiste Levée, Gerry Leonidas —sí, el gran Gerry— y acaba la jornada con una mesa redonda. Nos vamos a ver una exposición sobre tipografías diseñadas por estudiantes de todo el mundo que está sorprendentemente bien. Me había olvidado de que ya no estoy en España. Nos vamos a cenar a la mejor hamburguesería de la ciudad y la que me como entra en mi Top 3 mundial. O Top 5, vamos a asegurar el tiro. La carne es de altísima calidad y el pan es francés. Nada más que añadir. Luego nos vamos a tomar cervezas con algunos de los Type and Media (La Haya) que han venido también a Amiens, entre ellos Pablo. Me resulta curioso que tienen demasiado interés en hacer notar continuamente que su Máster es la ultrarehostia. Pues vale. Acabamos la noche con una deliciosa conversación nocturna en el piso y con Natalia cambiándome la cama por una con un colchón más amable. La amo.

Es tan bueno el colchón y tengo tanta falta de sueño que me quedo durmiendo casi toda la mañana en un abrir y, sobre todo, cerrar de ojos. Me pierdo a Elena Albertoni, Éloïsa Pérez y Gestual Script. Los únicos que me penan, estos últimos. Me bajo a la Fnac para hacer hora para la comida y veo con envidia que, como sospechaba, la sección de cómic es muy potente. Por cierto, las portadas de libros tienen la calidad española. Debe de ser solo en Inglaterra que todos los libros son preciosos. Quedo con mis compañeros en una creperia y nos calzamos unos crepes salados que quitan el hipo. Terminamos y todo el mundo se va a tomar café pero yo me voy con Yui y Yanghee a la catedral y así les hago de guía turístico. Para cerrar el evento tipográfico, por la tarde tenemos a Bureau Brut y a Rejane Dal Bello. Terminado el evento, nos vamos a ver la casa de Julio Verne pero está cerrada. Al menos, por el camino, nos encontramos con una pastelería de las buenas, buenas de verdad. Entre otras cosas —porque sí, me como varias cosas— me como un croissant que me hace volar. Un auténtico croissant. Tiene tres niveles de profundidad de sabor que se suceden uno detrás de otro como explosiones en cadena. No sé ni siquiera cómo explicarlo pero al comerlo es como: guau, ¡hostias!, ¡¡CAGÜENDIOS!! En fin, vamos a una librería, a un supermercado a por quesos y a cenar. Me como otra hamburguesa porque de repente las hamburguesas francesas me parecen un mundo por descubrir. También está de notable alto. Durante la cena vuelvo a decir algo sobre mi inglés y me dicen que ya basta porque hablo con nivel alto y si me comparo con el resto de españoles que conocen, hablo con nivel extra-mega-alto. Y que no tendré tanto complejo si soy el que más habla del grupo y el que que dirige el cotarro. Les digo que se preparen a cuando coja más confianza. La verdad es que me emociona que me apoyen aunque sea a costa de chistes sobre, como buen español, lo alto y enérgico que hablo, los abrazos que doy y las pesadillas que le hago pasar a la pobre Yui que es el extremo cultural opuesto al mío. Al hilo de esto, es extremandamente enriquecedor convivir con un grupo de personas en el que cada uno de nosotros tenemos un bagaje completamente distinto. Con Yui, por ejemplo, son maravillosas las constantes bromas que le hago y que la enrojecen, o su miedo al contacto físico que yo me paso por el forro de los santísimos dándole abrazos siempre que puedo o el intercambio de información sobre nuestros países que son tan distintos y tan exóticos para una como para otro. O con Andrea (Costa Rica) que me pregunta cómo nos enseñan la conquista y posterior pérdida de América en España, y que me cuenta cómo se la enseñan a ella. Con notables diferencias, claro. En España siempre hemos sido unos cobardes para admitir nuestros errores. El caso es que acabamos la noche bebiendo más vino en nuestro piso para celebrar el cumpleaños de Franziska (Austria).

El sábado recogemos piso, entregamos llaves, comemos crepes, gofres y croissants y cogemos el tren a Lille, el bus a Londres y el tren a Reading. Todo el día viajando y cuando llegamos estamos hambrientos. Dejamos maletas y vamos a cenar algo. Son casi las diez de un sábado noche y, claro, el único sitio que encontramos para cenar a estas altísimas horas de la noche es un turco de poca monta. Malditos ingleses.

El domingo me paso toda la mañana hablando con Cris. Me pone al día de la política española y de cómo el bipartidismo ha terminado mutando en unipartidismo como todos sospechábamos. Nota para el Pedro del futuro: buscar noticias del 23 de octubre de 2016 sobre el Comité Federal del PSOE. También me cuenta que todo el mundo le dice que lee mi blog. Sobre todo en Ejea —mi hometown—. Mola. Siento una mezcla de orgullo y rubor. Luego paso a casa de los vecinos porque tienen un paquete para mí y a Correos porque también. Hago un par de lavadoras con toda mi ropa, me veo dos capítulos del Tintín de mi infancia y hago ayuno durante todo el día porque me siento pesado y de vez en cuando viene bien. Al final del día hago el resumen de un texto larguísimo y densísimo que nos ha mandado Gerry. Una tarea que sé que a algunos compañeros les ha llevados varias horas y que yo me ventilo en unos escasos treinta minutos. Creo que nos está intentando enseñar a hacer lectura diagonal así que me la juego porque aquí hemos venido a jugar. La medianoche me sorprende escribiendo este texto. Aunque a veces no mola tener que hacerlo, sé que el Pedro del futuro me lo agradecerá. De nada.

10 al 16 de octubre de 2016

No se me ocurre una mejor manera de empezar la semana que con una sesión de Michael Twyman. Esta vez tocan carteles franceses del siglo XVII a principios del XX. Como las fotos son gratis, gasto dos carretes de veinticuatro. Luego nos reunimos todos y compramos, por fin, los billetes para Amiens. Al final vamos en bus. Pago yo porque tengo cuenta bancaria inglesa y pasta. Cada uno me devuelve su parte en cash lo cual me viene muy bien. Yanghee (Corea) me paga en euros. Luego Gerry nos manda «deberes» para la tarde. Me pillo un sándwich y me voy a casa para atacar la tarea. Consiste en leer un ensayo larguísimo de un tema completamente diferente a la tipografía y resumirlo en, literalmente, cuatro frases. Me lleva dos horas hacerlo, el doble de tiempo que si hubiera sido en español. Cuando termino, sigo perfilando mis bocetos y pensamientos para el briefing de mi proyecto.

El martes me levanto y me voy al gimnasio. No hay casi nadie. Corro, remo e incorporo flexiones —por orden de Carletes— a mi entrenamiento. En la sesión de hoy, James Mosley nos cuenta la historia de la cursiva manuscrita. Aunque en líneas generales sé más o menos todo lo que cuenta, en cuarenta minutos le da tiempo de soltar algunas docenas de detallitos de los que te hacen pensar: «No sabes nada, Jon Nieve». Como tenemos mucho rato hasta la próxima clase, me voy a casa para comer tranquilo y seguir bocetando. Vuelvo al Studio para la sesión vespertina con Gerry que empieza analizando nuestros resúmenes del texto. No qué hemos puesto, sino qué clase de argumentos hemos puesto. Mi resumen es el más corto y eso no es malo pero tampoco sé si es bueno. Luego analizamos bocetos y Gerry reparte estopa por arriba y por abajo, por la derecha y por la izquierda. Doy gracias a que los estudiantes del curso pasado me advirtieran de que no me asustara con el inicio del curso porque empiezo a no entender nada. Todo parece improvisado pero todo sucede por algo, me dijeron. Así que me relajo y me sorprendo caminando emocionado hacia casa. Escuchar a Gerry es un auténtico placer. Es un sabio y sus procesos de pensamiento y análisis me alucinan. Confío en él y en lo que vendrá. Como decía Steve —sí, Steve Jobs, pero yo lo llamo Steve, qué pasa— no puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Anyway, harto de andar, decido ir por fin a Decathlon a por una cámara para la rueda trasera de mi bici que está pinchada. Joana me deja su bici para ir hasta allí. Compro la cámara y dos luces, una delantera blanca y otra trasera roja, tal y como ordena la ley, porque aquí te pueden multar y cualquiera se inventa una excusa creíble en inglés. El caso es que la tienda de al lado es de manualidades así que entro a curiosear y salgo con dos letras grandotas y molonísimas: una «C» —de Cris— y un ampersand para colocar junto a la «P» que ya tengo. Es la típica horterada que me produce sarpullido en España, pero que aquí, lejos de todo contacto humano, me apetece tener.

El miércoles no tenemos clase y tenía planeado ir al gimnasio nada más levantarme, pero me despierto con unas agujetas en honor a Carletes y la santa madre que lo parió que decido quedarme en casa. Como es el día de la Hispanidad aprovecho la mañana para investigar sistemas de escritura indígenas en Latinoamérica. Los españoles hicimos un trabajo estupendo: no queda nada de nada. O al menos yo no soy capaz de encontrarlo. Al final de la mañana arreglo la bici y me voy a la gasolinera a hincharla —previo pago de 50 peniques—. En el proceso se han desajustado los frenos y no tengo herramientas para arreglarlos. Vuelvo a casa con cuidado y sin correr demasiado. Llego y mis compañeras me dicen que qué me parece hacer una super compra porque lo de no tener nada en la nevera e ir todos los días al super de al lado de casa para salir del paso es de pringados. Como en España siempre he sido un pringado y aquí no me conoce nadie, digo que de pringados nada. Que nosotros somos gente cool, cojones. Así que como el supermercado grande está lejos y no tenemos demasiado tiempo, googleamos un poco y en el Asda podemos comprar todo lo que queramos online y nos lo traen a casa mañana mismo por tan solo una libra. Qué es una libra. Nada. Lo hacemos. Dedico el resto de la tarde a leer libros sobre tipografía que me van llegando a casa —compro clasicazos de segunda mano por 1 penique y pago 2 libras por el envío— y a diseñar algunas letras que tengo en la cabeza. Podría dedicarme toda la vida a esto. Y que esto me pague los garbanzos. Lo intentaremos.

El jueves me levanto temprano y me voy al gimnasio. Todavía tengo agujetas de las flexiones pero me aguanto. Me ducho, vuelvo a casa, descargo ropa, cargo cuadernos, cojo bici y me voy al Studio. Hoy tenemos workshop con Ewan Clayton, un calígrafo maravilloso del que recomiendo encarecidamente su libro sobre la historia de la escritura The Golden Thread. Para mi sorpresa, me dice que hay una edición en español. El tipo sabe mucho pero es que encima es majérrimo y simpatiquísimo. En uno de los descansos, Ute (Alemania) me dice que me ha traído llaves Allen. Arreglo los frenos de la bici. Volvemos a caligrafiar. A mediodía vamos a un Seminar de un diseñador del que no pillo el nombre. No pasa nada. Lo que sí que entiendo es todo lo que dice. Y también con Ewan, que tiene un acento cristalino. O eso me parece. Por fin mi oído empieza a afinarse en nivel experto. En fin, pasamos todo el día intercalando tinta, papel, historia de la caligrafía, anatomía de la letra y ejercicios de relajación —literalmente—. Vuelvo a casa con un dolor de cabeza enorme así que trabajo un poco en el ordenador ordenándome los apuntes, investigando sobre algunas referencias bibliográficas que nos ha dado Ewan, un poquito de Glyphs, espera que viene el de Asda con la compra y caigo rendido en la cama. Espero a que llegue la hora de la cena y a dormir.

El viernes el dolor de cabeza persiste aderezado con debilidad y malagana. Sospecho que es cansancio. Cada vez entiendo mejor lo que se dice en clase y tantas horas concentrado hacen que ocho horas en inglés se conviertan en dieciséis en español. Cuando no entiendes muy bien un idioma es fácil que se te vaya la olla a Camboya, pero cuando entiendes la gran mayoría, tu cerebro se sobreesfuerza por intentar entender todo lo que le llega. Supongo que conforme mejor vaya entendiendo, más relajado podré estar. Pero de momento, un saco de cemento. Y dolor de cabeza. Menos mal que hoy toca de nuevo caligrafía con Ewan, que vuelve a darnos una lección magistral de caligrafía y tipografía. Compren su libro, háganse el favor. Quiero llevármelo a casa, pero el señor tiene su familia y sus cosas y no se deja. Así que me voy solo y solo me quedo pues Franziska se va a Londres con su novio y Joana a pajarear con su padre que está de visita en Inglaterra por motivos de trabajo. Casi lo agradezco porque necesito un respiro. Les saco una década a mis compañeras y hay días en que lo noto más que otros. Qué bonita era esa edad en la que pensabas que lo sabías todo. Como van a otro ritmo lingüístico, no me queda más que oír, ver y callar. Me hago una tortilla de patata y me voy a dormir.

Diez horas —¡10!— después me despierto totalmente recuperado. No sé si ha sido el dormir o la tortilla, pero me cojo la bici y me voy al gimnasio. En el camino me doy cuenta de que necesito unos guantes porque, amigos, the winter is coming. Cambio la ruta y me voy a comprar unos. Dos pares por una libra. No quiero pensar quién los ha fabricado. Vuelvo al gym, hago ejercicio y a casa. El resto del día lo dedico a investigar, leer y trabajar.

El domingo es día de lectura y escritura. Amén.

P.D.: Esta entrada está dedicada a la pequeña Hazel —la hermosa roedora de Clara y Ewan— que el lunes cerró sus ojicos por última vez para dormir, con una sonrisa en los bigotes, en una madriguera llamada eternidad.

3 al 9 de octubre de 2016

El lunes tenemos sesión con Michael Twyman por la mañana como todos los lunes a partir de ahora. Él trae cosas de su colección privada y nosotros le hacemos preguntas. Todo el material que trae es absolutamente fascinante. Una pena que no entienda todo lo que dice porque este señor es uno de los grandes. Sus conocimientos sobre métodos de impresión e historia del libro y la edición efímera son apabullantes. Por la tarde trabajo en algunas ideas que tengo para el proyecto del Máster y acabo justo a tiempo para atender la visita de Gerry que viene a hacer unos arreglos en la casa. De nuevo, tenerlo de rodillas trabajando en mi salón hablando de tonterías un rato y de secretos tipográficos otro, es algo que todavía tengo que aprender a asimilar.

El martes tenemos sesión de cómo escribir un paper académico con Gerry antes de pasar a nuestra primera sesión de martes con James Mosley que nos habla de la capitular romana y del verdadero origen de las serifas. Grabo el audio de la clase para reescucharlo cuantas veces hagan falta porque es alucinante. Por la tarde toca sesión práctica en la que debemos digitalizar un «3» para luego pasar a comentarlo. Nos dan una hora pero yo hago un trabajo delicioso en tan solo siete minutos. Algunos de mis compañeros tienen problemas para comprender la anatomía tipográfica o para manejarse con Glyphs, pero aprenderán pronto. En cambio yo me siento como pez en el agua y, por un rato, soy el alumno aventajado de la clase ya que para esto no me hace falta hablar inglés. Más tarde, Gerry analiza nuestro trabajo como introducción a la teoría de cómo se contruye una tipografía para texto. Atiendo con los ojos bien abiertos para recoger toda la sabiduría que derrama Gerry. Luego comentamos nuestros briefings y yo me quedo con la sensación de que mis ideas no son las mejores que podría haber presentado. Me quedo un poco chafado pero decido trabajar en ello más duro.

El miércoles toca workshop de Glyphs con su creador: Georg Seifert. Nos pegamos todo el día en el Studio y yo aprovecho para hacer mis cosas mientras pongo la oreja. Solo saco un par de atajos de teclado que no conocía, pero al menos para mis compañeros es útil. Al final de la tarde terminamos y yo aprovecho para irme al gimnasio de la Universidad por primera vez. La nube de hormonas es casi sólida. Mucho jovencito y jovencita guapos sueltos intentando impresionar a todo el que se deje. Yo aquí soy un señor mayor así que me desentiendo y hago cinta de correr y máquina de remo. Para aliviar tensiones y estar en forma me vale. En la ducha hay un señor más mayor todavía. Como de unos setenta años, con barba y pelo largo níveos, que me pregunta por mis tatuajes y si soy religioso porque ese que tienes ahí lo parece. Es el de las Reliquias de la Muerte de Harry Potter. Tengo la tentación de decirle algo irónico sobre mi relación con las obras de ficción no religiosas pero como estamos en pelotas, mojados y enjabonados, decido ser más aséptico y dejarme de mis habituales gilipolleces. Ya en la cena con Franzika y Joana sale el tema del musical The Sound of Music y yo les digo que no sé cuál es. ¡¿Que no sabes cuál es?! De repente es como si les estuviera diciendo que nunca he oído hablar del niño Jesús así que sospecho que es una de aquellas ocasiones en las que los traductores de títulos españoles se pasan todo por el arco del triunfo y se ponen creativos. Efectivamente. Sonrisas y lágrimas.

El jueves más Glyphs todavía pero esta vez nivel Jedi. De nuevo, no saco nada que no sepa lo que me confirma que controlo el programita la mar de bien y eso da tranquilidad de cara a afrontar el Máster ya que me voy a poder concentrar en otras cosas del proyecto. A mediodía vamos a ver el Seminar de David Pearson —es un lujo que los jueves traigan a gente así— y mi cabeza estalla. Conocía su trabajo pero verle presentándolo es maravilloso. También grabo el audio para revisitarlo cuando sea capaz de entender el 100 %. Hoy, además, es el cumpleaños de New —la tailandesa— así que nos vamos de cena a un restaurante tailandés. Todo está exquisito. Más que exquisito. El siguiente nivel de exquisitez. Creo que entra directamente en mi Top 3 de cocinas del mundo. Luego nos vamos a echar cervezas y acabamos bailando en la zona más oscura del The Purple Turtle. Por cierto, los tailandeses en los mensajes de texto en vez de escribir «jajaja» escriben «5555» porque cinco en tailandés se dice algo así como «ja».

El viernes me levanto habiendo dormido casi cinco horas y con seis horas de clases de inglés por delante. Hay cursos de inglés gratuitos en la Universidad y yo me he apuntado a tres porque el culo me apretaba. Por la mañana voy a Speaking & Listening pero es algo básico así que decido que no volveré. Estamos catorce en clase de los cuales nueve son chinos así que me presento como «Me llamo Pedro y no soy chino». Se ríen como chinos. La profesora —Noor, de Malasia— es un encanto, enseña fantásticamente bien y pronuncia todavía mejor. Hizo el doctorado sobre cómo cambian los sonidos y las palabras cuando el inglés es tu segundo idioma. Vuelvo a casa para hacer hora y veo que Joana y Franziska ya están desesperadas porque cada día cazamos una docena de pulgas y sus piernas son un mapa. Escribimos un correo a Maria para explicarle la situación. Entre unas cosas y otras no me da tiempo de comer —y yo no suelo desayunar— y tengo que irme corriendo a clase. Ahora toca Academic Grammar con Robert. Muy interesante. Se sienta al lado mío un hombre turco que me pregunta que si soy español porque se nota mucho en cómo pronuncio las erres. Que por cierto, las pizarras táctiles me flipan. Eso en mis tiempos no existía. También alucino con que todo el material que te dan está cuidado con mimo. Me refiero a la imagen corporativa y tipográfica de la Universidad. Estés donde estés todo sigue una línea. Buen trabajo. Acto seguido tengo clase de nuevo con Noor. Esta vez Academic Writing. Me voy a quedar con estas dos últimas clases para el viernes por la tarde porque son realmente útiles. El inglés académico es una forma muy específica de escribir, estructurar y expresar ideas. Como amante de la lingüística, y a pesar de no estar trabajando en mi lengua nativa, disfruto como un maldito enano. Es la primera vez desde que estoy aquí que de verdad me siento afortunado. Estoy en una Universidad inglesa, aprendiendo cosas fascinantes, entendiendo absolutamente todo lo que se dice y participando activamente. Tengo ganas de que ese momento llegue también en el Máster pero para ello necesito práctica y confianza. Como pareja de baile durante la clase me toca un chico coreano de mi edad que está haciendo un Máster pagado por su empresa y que se me presenta como Harry. No es su nombre real, es su nombre inglés porque, tal y como me explica, en Corea —o al menos en las empresas internacionales como en la que él trabaja— los coreanos deben escoger un nombre inglés porque a los europeos nos cuesta mucho aprendernos sus nombres. Me quedo con cara de idiota, sintiendo repugnancia de mí mismo, como hombre blanco que soy y le pido perdón por la injusticia que me está contando. Él dice que no pasa nada, que es lo más normal del mundo. Le contradigo. De normal, nada. Somos unos hijos de la grandísima puta y aunque él no lo pueda decir ya lo digo yo. No sé si me mira agradecido o asustado. Salgo con hambre canina y me compro dos bananas porque a estas horas ya no hay mucho más en el Campus. Ya me pegaré un homenaje durante la cena en casa. Me voy al gimnasio a correr y a remar. Es la única forma que conozco de llegar a la meta.

El sábado limpiamos toda la casa porque a las doce viene el señor de las pulgas y va a rociar todo con no sé qué mierda que las matará. Viene y nos dice que tenemos que estar unas horas fuera. Y que su mujer es de Madrid pero que él solo sabe español para pedir cerveza. Nos vamos a la Biblioteca del Campus a trabajar allí. Encuentro, por fin, algo que de verdad me motiva para mi proyecto. Volvemos por la tarde a casa y parece estar todo en orden. Estoy tan contento que decido no trabajar más por hoy y hacer una pizza para celebrarlo. Hago la masa, echo de todo lo que hay en la nevera y nos la comemos como auténticos animales. Está deliciosa. Antes de irme a dormir Cris me confirma sus aviones para venir a verme y yo compro el mío para ir a España por Navidad. Sí, como el turrón.

El domingo videollamo —¿existe este verbo?— a Carletes y nos contamos todo lo que nos parece y más. Es siempre un placer. Le echo de menos. Luego hablo con Cris como todos los días pero esta vez contándome lo bien que se lo está pasando en las Fiestas del Pilar. Yo voy en pijama y está lloviendo fuera. El resto del día lo paso trabajando. Un poquito de Fontown —mi nuevo e ilusionante trabajo— y un poquito de Máster. Para acabar el día, sigo remando. Pero esta vez, en el gimnasio.

P.D.: La de cosas que me estoy enterando y que no puedo publicar por ser políticamente incorrectas, de índole privada o simplemente chismorreos tipográficos de este y aquella. 5555.

22 de septiembre al 2 de octubre de 2016

El 22 de septiembre de 2016 es el día con el que he estado soñando los últimos ¿8 años? No estoy nervioso porque estoy preparado para lo que venga; solo emocionado, feliz y un poquito cagado por el momento de las presentaciones. Me conozco y sé que hasta que no hable inglés con acento de Oxford no voy a sentirme cómodo. Tengo que aprender a asimilar que es mi segunda lengua y que nunca voy a llegar a dominarla como la primera y que no pasa nada, muchacho. Así que me pongo una camisa bonita, cojo la mochila, meto el portátil, un cuaderno, dos plumas y nos marchamos. Por el camino vamos encontrándonos con algunos de mis compañeros. Llegamos al Departamento y vemos que la presentación es en un aula junto a los estudiantes del MA Information Design y del MA Book Design. Consiste en algo genérico sobre el funcionamiento de la Universidad, del Departamento y las medidas de seguridad. Terminamos y, ahora sí, vamos al que será nuestro Studio durante los próximos doce meses. Gerry Leonidas y Fiona Ross nos hablan del Máster y de cómo va a funcionar todo. Gerry es una de las personas que más admiro en este mundo y no sé si es por eso por lo que me parece un tipo encantador, con un gran sentido del humor y que además todo lo que nos cuenta es como música para mis oídos —excepto lo de que hasta el martes que viene no empezamos—. Las presentaciones son muy inglesas: nombre, país y ocupación. Nada más. Mejor para mí porque no tenía ganas de hablar en público —con lo que no tengo problema— en inglés —con lo que sí tengo problema—. Mi clase está compuesta por: Joana (Portugal), Sasikarn (Tailandia), Kaja (Polonia), Yang Hee (Corea del Sur), Paul (Australia), Andrea (Costa Rica), Franziska (Austria), Geetika (India), Murad (Jordania), Nathan (Estados Unidos), Natalia (Grecia), Yui (Japón), Ute (Alemania) y Soo (Corea del Sur), esta última del MA Research in Typography & Graphic Communication que solo nos acompañará en algunas de las clases. Tanta diversidad me hace flotar. Me bajan al suelo y nos vamos a comer un sándwich. Ya por la tarde tenemos una sesión técnica para configurar impresoras y acceder al servidor. Para acabar la jornada hay una recepción en la que está todo el Departamento. Como he comido poco y estoy sediento, absorbo ansioso cuatro vasos de vino y me voy de allí dando tumbos. Comemos una hamburguesa y nos retiramos.

El viernes me levanto con la cabeza un poco tonta pero tras una ducha se me pasa y ya estoy de nuevo preparado para todo. Una de las tareas principales del día es ir a comprarle matapulgas al gato e intentar aplicárselo. Lo conseguimos. Por la noche quedamos con algunos de los compañeros y nos vamos a cenar una hamburguesa como dios manda porque además tenemos descuento de estudiantes. Nota autoconsciente: tengo que dejar de comer tantas hamburguesas. Luego nos vamos a un pub y nos bebemos unas sidras. Aquí me entra el bajón. El primero desde que estoy en Inglaterra. No sé si es por la foto que me envía Cris pasándoselo teta con Carlos y Claudia, si es que con la música del pub no entiendo todo lo que me dicen, si es que no puedo ser yo y estoy callado en una esquina sin poder hablar todo lo que me gustaría por el puto idioma, o todo a la vez. Me voy alicaído a casa.

El sábado me levanto peor todavía y no puedo dejar de llorar. Supongo que es normal porque ya llevo aquí casi dos meses y en algún momento tenía que pasar. Pero es frustrante principamente porque me siento estúpido y poco confiado con mi nivel C1 de inglés que, no nos engañemos, justo da para comunicarse. Echo de menos a Cris, a Bunbury —el perro—, a mis padres, a mi hermano, a mis be welcome my friend, a mis golokos, a mis promes ocupados y hasta al señor del tiempo. Me voy a dar un paseo de cinco horas por Reading. Yo solo. Hablo con Cris y me desahogo. Nota para el Pedro del futuro: con llamada de Whatsapp. Recibo un mensaje de Joana. Intuye lo que me pasa y me brinda su ayuda, su comprensión y sus abrazos. Me pongo a llorar otra vez. Cuando se me pasa el soponcio vuelvo a casa, hablamos, confirmo que en esta chica tengo una amiga de verdad y nos enchufamos en vena un par de capítulos de Narcos para pasar el mal trago. Cenamos en casa con Franziska y su novio Henry, sudafricano afincado en Londres, grande como un castillo. Sorprendentemente le entiendo todo lo que dice. Me gusta su acento.

El domingo lo paso leyendo y escribiendo mientras me dejo acariciar por un buen jazz. Nada más.

El lunes me levanto con fuerza. Trabajo un poco, leo y me compro unos marcos para dejar bonita mi habitación con pósters tipográficos. Lo consigo. También viene Maria, la casera y esposa de Gerry, que va a hacer todo lo posible por solucionar el problema de las pulgas. Buena noticia. Empiezo a entender todo lo que dice Franziska y ella también empieza a coger confianza conmigo. Rota la coraza de hierro, me cae bien.

El martes es el primer día propiamente dicho de Máster. Por la mañana tenemos sesión teórica sobre libros y cómo investigar, y por la tarde práctica de en qué debemos pensar a la hora de diseñar una tipografía, más concretamente la nuestra. Ambas sesiones las imparte Gerry —que reparte algo de estopa a algunas vacas sagradas de las letras que le hubieran encantado escuchar a Manuel— y en solo cuatro horas aprendo más que en años de clases, talleres y conferencias en España. Es triste pero es así. El nivel aquí es estratosférico y pienso sacarle todo el jugo que pueda. Cada una de las cosas que dice son joyas de oro con diamantes engarzados y todas las preguntas que formula, inteligentes. Salimos del Studio con mucho trabajo por hacer pero, al menos yo, con la sensación de que aquí nos van a hacer volar a alturas que no nos creíamos capaces. Gerry nos avisa: si leemos o trabajamos menos de diez horas diarias, no estamos haciendo las cosas bien. Ya en casa, volvemos a ver a Gerry que nos viene a visitar para rociar el jardín con productos repele-gatos —adiós, Aldus— y a darnos productos matapulgas que deberemos aplicar por toda la casa cuando nos vayamos mañana a clase. También nos configura el temporizador de la calefacción. Es extraño tener a una de las mayores figuras de la tipografía mundial en tu salón explicándote que es buena idea poner la calefacción por la mañana para despertarte más calentico. Este hombre vale para todo.

La sesión del miércoles es con Fiona Ross y Gerry, que nos hablan de la importancia de la investigación académica para realizar un buen diseño. Anoto muchas de las frases que dicen porque son para enmarcar. La única mala noticia es que tengo que concentrarme mucho para entender tan solo un 50 % de lo que Fiona dice. Luego visitamos la Biblioteca del Departamento, los Archivos —que son para quedarse a vivir ahí con material original que es probable que no esté en ninguna otra parte del mundo— y la Biblioteca de la Universidad. Se hace especial hincapié en los alfabetos no-latinos, que es precisamente una de las razones por las que estoy aquí. En casa encuentro tres nuevas pulgas en mi habitación. Antes de echarnos a dormir aplicamos un remedio casero: poner un plato de agua con jabón fregaplatos y una lámpara apuntando hacia él. Me echo a dormir con dos luces en mi habitación y un millón de pulgas esperando a que me duerma.

El jueves por la mañana lo primero que hago al levantarme es revisar los platos masacra-pulgas. Encuentro nueve cadáveres y río muy fuerte, mirando hacia el techo y alzando los brazos como un villano de tebeo. Moriré, sí, pero con las botas puestas. Pasamos la mañana espolvoreando la casa con flea-killer powder y nos vamos al Studio porque hemos quedado para preparar el viaje a Amiens —esto irá en un capítulo futuro, ahí dejo el cliffhanger— e ir a la sesión introductoria de los trabajos de doctorado del Departamento donde nos explican que semanalmente se hace una lectura pública del estado de las tesis y que podemos —y deberíamos— asistir, lo cual suena estupendamente interesante. Nos volvemos a casa y como aquello está intransitable nos vamos al Café Yolk que está en la calle de abajo y que tiene la fama de preparar los mejores desayunos de toda la ciudad. Son las tres de la tarde pero nos lo sirven igual. El doble en qué consiste, por favor. Misma cantidad de setas, judías y patatas pero doble de proteínas: dos huevos, dos salchicas y dos de bacon. Ok, póngamelo. Devoramos la comida porque está deliciosa y yo decido que esta noche no ceno. Al volver a casa lavamos sábanas, aspiramos suelos y fregamos todo. Llega una carta. Quieren investigar si tenemos televisión o usamos el servicio web de la BBC porque en esta casa no se paga licencia de televisión y eso no puede ser. Qué aburrimiento de gente, por favor. Que por cierto, desde la Universidad ya me han dicho que archivan mi caso, que no pasa nada, pero que descargar torrents está muy feo y que no quieren volver a verme por aquí. Yo sigo a mi rollo trabajando en el ordenador con mi Spotify pagado con mis euros españoles y me doy cuenta de que cada vez empiezo a entender la letra de las canciones con más frecuencia sin ni siquiera prestar atención. Es curioso el proceso cerebral de aprender un idioma. La inmersión es tan total que es algo que sucede de manera muy natural y cuando hablo o escribo uso expresiones o palabras que me sorprenden a mí mismo y que tengo que consultar a posteriori para ver si son correctas porque se han incorporado a mi vocabulario de manera automática. Siempre lo son porque mi cerebro no es tonto. Yo sí. Ah, otra cuestión a colación del aprendizaje del inglés. Puedes estudiar mucho en tu casa y luego llegar aquí y no acordarte de cómo se dice papel higiénico o no saber expresar «menuda sudada me estoy pegando». Son las cosas vulgares y cotidianas lo que más me cuesta. A la hora de cocinar, a la hora de interactuar, a la hora de convivir. Cada día aprendo media docena de estas.

El viernes me voy al Departamento de Psychology and Clinical Language Sciences porque he donado mi cuerpo a la ciencia. Buscaban españoles recién llegados a Inglaterra que no fueran completamente bilingües para ponerles electrodos en la cabeza y hacerles leer frases —no hay mucha más explicación de en qué consiste el experimento—. Estas cosas me despiertan curiosidad y si ayudo a la ciencia, dos pájaros que matamos de un solo tiro, ¿no? Así que llego, hola qué tal, contesto unos cuestionarios bastante puñeteros y largos sobre mi habilidad y lógica con el lenguaje español y los supero. El problema es que el ordenador central justo se ha averiado esta noche y tengo que volver otro día porque el informático no quiere aparecer. Me pagan veinte libras y quedamos para dentro de un par de semanas. Los investigadores son dos estadounidenses que hablan español con acento mexicano. Uno de ellos ha cumplido varios de mis sueños sin despeinarse: nacer en New York, estudiar en California, trabajar en Florida. Pues olé tú, hijo. Vuelvo a casa y me preparo para el siguiente embrollo en el que me he metido. Andrea, la costaricense, me pidió que si podía darle una clase introductoria de Glyphs antes de empezar el Máster en serio. Como pienso que le puede interesar a alguien más, lo digo en Slack —el programa que usamos para comunicarnos— y resulta que casi completamos aforo. El que peor habla inglés, va a ser el primero en dar una charlita. Ay, tonto. Como no cabemos en Foxhill, quedamos en hacerlo en el Studio. Como no hay —o no encontramos— proyector, lo hacemos por Hangouts retransmitiendo en directo para todos los que están a mi alrededor y algunos de los que no. Hablo como puedo y lo explico lo mejor que sé o que el idioma me permite. Me doy pena a mí mismo, pero de momento no soy capaz de más. Creo que me entienden, que aprenden y que me lo agradecen. Terminamos y nos vamos a echar una cerveza a la Senior Common Room de la Universidad y de ahí a cenar a The Abbot Cook, de ambiente especial, comida no muy generosa y camarero que se pasa de listo y nos intenta hacer el tres en raya. Nos va cobrando —timando— uno a uno: yo me quedo extrañado, Natalia mosqueda y a Joana ya no se la cuela. Nos devuelve el error.

El sábado me doy cuenta de que dejé sábanas y ropa tendidas en el jardín hace un par de días y que en este tiempo no ha parado de llover. Nota mental: en este país se tiende en el interior. Entro la ropa y creo un sistema de estufa de aire en una punta con deshumidificador en la otra, que me dejan la ropa perfecta en menos de dos horas. A las doce sigue lloviendo así que decido no ir a la sesión de reclutamiento para el equipo de Quidditch de la Universidad. Dejaré aparcada la escoba hasta la próxima ocasión. Un par de horas más tarde no llueve tanto así que me voy con Joana a una comida que preparan voluntarios municipales en el centro. El resultado no es el esperado. Al menos aprovecho el viaje para comprarme dos bufandas y dos gorros. Ayer por la noche pasé mucho frío. Esperaré a que Cris me traiga mis abrigos, pero de momento esto lo necesito para ir tirando. Por la tarde hacemos una fiesta en honor a Matthew Carter en nuestra casa —hoy cumple 79 años—. En realidad es una excusa para quedar a comer pizzas y beber. Viene casi toda la clase y pasamos una noche divertidísima a pesar de que jugar al Head’s Up y al Pictionary en un idioma que no es el tuyo no es fácil.

El domingo me paso el día trabajando y comiendo los restos de pizza de ayer. La pizza —junto a la tortilla de patata, las albondigas de bacalao de mi madre, las ideas arriesgadas o los amores de verano— son de esas cosas que son mejor dejar reposar, al menos, una noche. Al final de la tarde recibimos la visita de toda la familia Leonidas para hablar del contrato de alquiler. El niño de trece años es la bomba y además está yendo a clases de español en el instituto, así que Maria nos propone hacer intercambio de idiomas. Los insultos que sabe son burro y puta. Yo le puedo enseñar muchos más.