5 al 13 de diciembre de 2016

El lunes me levanto temprano para trabajar en Fontown, de allí a clase de Michael —hoy: documentos musicales del XIX— y reunión con Gerry. Estamos una hora larga en su despacho hablando de mis ideas para la dissertation, la posibilidad de hacer un doctorado y muchas otras cosas buenas que espero den sus frutos en el futuro. Sin tiempo para comer me voy al centro a chequear librerías de segunda mano y a devolver un jersey que me obliga a meter tripa demasiado rato. Natalia dice que se viene conmigo. Hablar y estar con ella es de mis cosas favoritas aquí. Para volver a casa se nos une Francisca —no confundir con Franziska—, a la que recogemos en el Workhouse Coffee. Mientras esperamos a que termine su jornada laboral, yo me meriendo un trozo de brownie. Ya en casa, me marco un Skype de casi dos horas con Elena. Luego con Cris. Y como es tarde y hoy no he comido casi nada, me voy y me compro una pizza congelada y patatas fritas. Comida basura para terminar de rematar el mal día alimenticio. Sea como fuere, me quedo leyendo hasta las tres porque el sueño no asoma.

El martes empezamos con una clase de Gerry sobre un Lexicon en el que ha participado, seguimos con James desde la roman du roi hasta Fournier, continuamos con Pathum y Mathias contándonos su experiencia como estudiantes del curso pasado —con maravilloso colofón de Gerry explicando por qué es mejor brindarnos las herramientas para aprender lo que nos propongamos por nosotros mismos cuando lo necesitemos, en cuenta de centrarnos en aprender los últimos cambios en una tecnología que siempre está cambiando— y terminamos con Riccardo Olocco y Michele Patané: durante toda la semana vamos a estar con ellos haciendo un revival por grupos de una tipo italiana del siglo XVI. A mí me ha tocado con Franziska —no confundir con Francisca— y Geetika. Terminamos tarde y yo me voy a casa a trabajar un poco más en Fontown y a leer, que me ha llegado el libro que necesitaba. ¡Por fin!

Miércoles: dolor de cabeza y workshop intensivo todo el día. Estamos trabajando duro y los prefesores son la bomba. Me voy tan motivado que me pongo a trabajar en mi tipo toda la noche.

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Riccardo y Michele analizando una de las primeras versiones de nuestro revival.

Jueves: ligero dolor de cabeza —he tenido más en lo que llevo en este país que en toda mi vida— y más tipos venecianas. Trabajando muy a tope. Hoy tenemos reencuentro con los estudiantes del año pasado porque mañana tienen la Graduación. Es muy guay volver a verlos.

El viernes terminamos con el workshop. Es de lo mejor que hemos tenido hasta la fecha. Todos los comentarios que hacen Riccardo y Michele son de un nivel y una precisión que asusta. En la presentación de los proyectos tengo que hablar en público cuatro frases y me vuelve a dar el bajón por parecer tontito. Esta vez me dura solo cinco minutos, pero me pongo como propósito de fin de año abandonar, enterrar y orinar sobre mi maldito complejo. Para acabar el día vamos a beber a la Senior Common Room y a cenar al Cafe Madras. De todas las interesantes conversaciones que constantemente tenemos sobre tipografía, la vida o tonterías varias, mis vencedoras son siempre las que versan sobre diferencias culturales. Hoy, por ejemplo, he tenido que enseñar a Yui a dar abrazos a la europea y ella me ha pagado revelándome que con mis tatuajes es difícil que pueda entrar en un baño público tradicional cuando vaya a visitarla a Japón.

El sábado teníamos planeado hacer una excursión a Londres, pero como está lloviendo nos quedamos en casa. Paso el día currando como un loco. A mediodía no me gusta la tipografía que estoy haciendo. Por la noche, la amo. Y sigue siendo la misma. Historias de amor. Joana y yo decidimos que hoy es el día italiano. Carbonara a mediodía, pizza para la noche. Me quedo viendo hasta tarde capítulos de The man in the high castle.

El domingo es un buen día, climatológicamente hablando. Así que Joana, Kaja, Natalia, Nathan y yo nos vamos a Londres, donde se nos unen New y Franzsiska. Vamos al Design Museum que es lo más de lo más, aunque seguramente tendré que volver para degustarlo mejor porque se me ha quedado pendiente visitar la biblioteca, el archivo y alguna exposición de las de pago para ver si están a la altura. Comemos en un Byron y nos vamos a Hyde Park justo cuando el cielo empieza a bostezar. Miles de tonos anaranjandos, todos distintos pero igual de bellos, se posan en cada rincón. En Winter WonderLand en cambio solo hay luces de neón, pero nos vale igual. Comemos, bebemos —descubro el mulled wine— y nos montamos en atracciones de esas de sube y baja y vuelta a empezar. Dos cosas que se me olvidaron comentar cuando escribí sobre este sitio: los Spanish churros compiten en popularidad con los gofres o los crepes y, de hecho, hay más churrerías en este sitio que en toda Zaragoza; cuando vas a comprar alcohol si sospechan de tu edad te piden una identificación. ¡Y a mí una vez me la pidieron! Me mantengo en buen estado, por lo que parece. Anyway, a medianoche estamos ya en Foxhill tras pasar un día realmente divertido.

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Haciendo el tonto en el Byron: Natalia, Kaja, New, Nathan, Franziska, Joana y el que escribe.

El lunes hago la última colada del año y como tiene que quedar todo seco hoy, lo tiendo y pongo la estufa y el deshumidificador trabajando a todo tren. Me voy al Studio y hago pruebas de impresión de la tipografía antes del feedback pre-navideño e individual que tenemos hoy. Mi turno es a la una y la cosa va bien. O eso creo, porque con este hombre nunca se sabe. Luego Gerry me cuenta cosas profundísimas que habíamos quedado en discutir, pero que yo sólo me dedico a entender y memorizar. De momento no me da para procesar y replicar al instante en conversaciones de alto nivel. Para despedirme, reparto abrazos —de diferente intensidad según el páis de procedencia— y me despido. En casa tengo que abrir la ventana de mi habitación porque el calor que hace es inhumano. Al menos la ropa esta seca. Paso el resto de la tarde trabajando, haciendo el tonto, cena de despedida con Joana, Franziska y Ute… esas cosas. Y haciendo la maleta a medianoche.

El martes me levanto cuando aún no son las ocho y Joana y Franziska se levantan también conmigo para despedirse. So lovely! De allí a la estación, tren, Paddington, dos horas de bus, Stansted, avión, Zaragoza. Respondo en inglés al buenas tardes del señor de la aduana y se me hace raro que la gente hable tan alto. Ahí está Cris. Corro hacia ella. Cambio y corto.

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Home, sweet home!

21 de noviembre al 4 de diciembre de 2016

Empiezo la semana con dolor de cabeza. Nunca había tenido tantos en mi vida. Me pongo a trabajar. Voy a clase de Michael Twyman. Hoy toca guías de viaje. Pero claro, del siglo XVIII. Lo que sabe —y lo que tiene este hombre— es para andar con la boca abierta una temporada entera de [inserte aquí su serie de ficción favorita]. Es una de las sesiones más interesantes que hemos tenido con él o es que tal vez ya empiezo a entenderle hasta los chistes. Mientras recogemos el material me pregunta: «Pedro, ¿tú de qué país eres de Latinoamérica?». Me extraña que sepa mi nombre y que hablo español porque en lo que llevamos de curso no he abierto la boca en sus clases. Parece que aquí la gente hace su trabajo. De allí me voy directo al gimnasio, la semana pasada creo que ni lo pisé. Digo creo porque estoy empezando a confundir los días y las semanas. Sudo un poco e intento que mi cabeza entre en modo piloto automático. Vuelvo a casa comiendo mucha fruta, mucha fruta fresca, tómala y drisfruta como te parezca. Leo un poco y me pongo a trabajar. A las nueve y media paro, cocino con Joana, mi ojo se hincha por alguna reacción alérgica, cenamos y acabo el día leyendo y riéndome con un capítulo de Brooklyn nine nine.

El martes empezamos temprano con el Seminar de Nathan sobre los inicios de la tipografía digital, tema apasionante que se convierte en mindblowing —que te explota la cabeza, mamá— cuando Gerry se saca de su colección personal cientos de objetos que ya es difícil de encontrar por separado. De allí a la clase de Mosley sobre tipos aldinas francesas, a comer con Joana a la Senior Common Room pastel de carne a la menta, con puré de patatas y guisantes que es lo más inglés que comeré nunca. Pero no lo mejor. Nueva sesión de feedback con Gerry. Los detalles sobre cada uno de los proyectos conforman cada martes una clase sin parangón sobre diseño de tipografías. Cuando termina corro hacia mi ordenador y veo que ya estoy en el puesto mil y pico de la cola. Sí, mejor me explico. Hoy salían a la venta sesenta mil entradas para las navidades del año que viene (2017) de la obra de teatro de Harry Potter. A las once de la mañana en punto —puntualidad británica, recordemos— he tardado en ponerme a la cola lo que cuesta hacer un click, ay que no se carga, dale otra vez, de acuerdo ya estoy dentro. Posición dieciocho mil. Así, para empezar. Bueno, hay entradas para todos, que no cunda el pánico, vamos a esperar tranquilamente sin apagar el ordenador ni que nadie me lo toque. He dicho. Que nadie. Me. Lo. Toque. Pero muy tranquilos todos. Siete horas después, ya en el puesto ciento y pico, con la tarjeta preparada y los nervios a flor de piel, bum, pantallazo. Las entradas están agotadas, que al final solo eran cinco mil o que solo ha habido entradas para los cinco mil primeros o que si tus sueños se han roto en mil pedazos jódete, ¡jódete! y que en enero volverán a poner más tickets a disponibilidad de todos los tontos que las queramos. Pues a mí tonto no me gana nadie. Con la vida apestando a problemas del primer mundo, me voy a casa a trabajar en mi tipo. Hasta las once. Os lo dije, amigos. ¡A leer!

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Gerry al frente de su enorme colección de revistas y catálogos de la primera etapa de la tipografía digital.

El miércoles tenemos día libre, así que me levanto y de un salto me pongo a trabajar. Paso el día escribiendo pomodoro tras pomodoro —he rescatado esta técnica que tan bien me funcionó tiempo atrás—. A mediodía comemos un curry delicioso que hace Franziska y de paso me descubre los advent calendars, muy populares en Austria. Son unas cajas con veinticuatro ventanitas o cajoncitos. Detrás de cada uno de ellos se esconde una chocolatina o un regalo. Se les regala a los niños para que desde el uno al veinticuatro de diciembre vayan descubriendo deliciosas sorpresas. Le he comprado uno a Cris la mar de mono que le regalaré cuando venga este fin de semana a verme. El caso es que a las ocho de la tarde, y con un maravilloso dolor de cabeza, termino el briefing de mi proyecto. Mil quinientas palabras una detrás de otra que envío a Carletes para ver qué opina de mi inglés. Corregimos cinco palabras, ¡cinco! —Nota para Carletes: ¿Te acuerdas de cuando me corregías mis desastrosos correos hace menos de un año?— y se lo mando a Gerry. La fecha de entrega es el próximo martes, pero yo el fin de semana lo tengo reservado para Cris y además le quiero dar tiempo a Gerry para que lo mire y me diga si es entendible o no. Me voy al gimnasio y corro y remo como un poseso. Me ducho. Compro leche. Me voy a casa. El dolor de cabeza se ha evaporado. Termino el día hablando con Cris y relajándome con Netflix. Me lo he ganado.

El jueves me levanto de rechupete. La táctica del «vamos a hacer las cosas con un poquico de orden» está venciendo a la del «trabajar a lo burro como si fuera de Ejea». Preparo y lanzo Mestre 1.1, que no es una gran cosa pero que me sirve para calzar el link aquí también. ¡De oferta, señores! Hoy tenemos sesión con Fiona, esta vez sobre sistemas de escritura del sur de Asia. Son acojonantemente bonitos. Nos explica de dónde vienen, a dónde van, convenciones tipográficas, orígenes caligráficos, anécdotas, cómo diferenciarlos y, en definitiva, cómo amarlos. Entre medias tenemos Seminar de una de las doctorandas —Letícia, nuestra amiga brasileña—, sesión sobre fuentes de investigación —con Vaibhav, nuestro amigo indio— y una conversación con Gerry en la que le cuento qué es el efecto Dunning-Kruger. Me voy a casa y veo que me ha llegado una carta del NHS —la Seguridad Social de aquí—, al parecer ya tengo más derechos en Reino Unido que en España. Me marco un Hangouts de dos horas con Carletes. De los buenos, de esos en los que hablamos mucho de la vida y poco de las nuestras. Gerry aprovecha para devolverme mi briefing con algunas notas. Hay muy pocas cosas marcadas como erróneas y la mayoría son de enfoque académico más que idiomático. Como me dice Carletes, parece que sufro del síndrome del impostor y que mi inglés no debe de ser tan malo. Me paso el resto de la tarde corrigiendo el documento y se lo devuelvo a Gerry. Con el trabajo hecho y poco más de las once en el reloj, toca desconexión.

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Taller de sistemas de escritura del sur de Asia con Fiona.

Para acabar la semana, taller de composición en plomo con el señor encargado de estas cosas en la Universidad y del que he olvidado el nombre. Lo investigaré. Entre medias llamada de Cris, que ha surgido algo en el trabajo y que no puede venir este fin de semana, pero luego que sí. Me voy a buscar su regalo a donde Cristo perdió la zapatilla porque ayer no estaba en casa para recibir el paquete y les dije que me lo dejaran en el centro de recogida más cercano. Al menos, descubro barrios de Reading que no conocía. Como hace sol —¡hace sol!— pedaleo con alegría y solo me falta silbar. En casa, Franziska hace Ratatouille y comemos en familia. Me paso el resto del día trabajando como un cabrón para tener el fin de semana libre. Algunos de mis compañeros se van de fiesta. Amén.

El sábado amanezco con los Leonidas en mi salón, que vienen de visita con un señor constructor porque durante las navidades van a reformar el baño. Como yo solo me voy quince días a España me dicen que, si no da tiempo para terminar la obra, podré pasar unos días en la habitación de invitados de su casa. Qué majos. Pero no. Paso el resto de la mañana haciendo cositas para Fontown y dejando mi tipografía niquelada para la próxima sesión de feedback. A media tarde me voy a Londres a esperar a Cris. Como llego más de una hora temprano, me doy un paseo largo y acabo en un barrio precioso. Me paro frente a una inmobiliaria y ninguna casa cuesta menos de dos millones de libras. Claro, así yo también soy bonito. Me empeño en buscar un brownie de bienvenida para Cris pero está todo cerradísimo. Llega en autobús, nos montamos en un tren y cenamos en el Jamie’s Italian de Reading. No hay pizza y yo estaba en modo quiero pizza por encima de todas las cosas. Ya en casa le doy el advent calendar y resulta que debe de ser originario de Austria pero que es más viejo que la tos. Que esto está en todas partes y que ya lo conocía pero le encanta. Por primera vez en mi vida duermo con alguien en una cama de noventa. La echo tanto de menos que incluso me sobra espacio.

El domingo nos cogemos un tren de los lentos hacia Waterloo y de allí paseamos hasta Hyde Park. Aquí hay un pifostio llamado Winter Wonderland con comida, atracciones, tiendecillas navideñas, noria, ice bar y todo lo que te quieras imaginar. Lo probamos todo. Salimos y nos topamos sin querer con el mítico rincón de los debates al que siempre he querido venir. Es apasionante ver cómo la gente se concentra en grupúsculos y discute apasionada pero educadamente siempre con un libro en la mano. Volveré cuando mi inglés me permita meterme en harina. No recorremos Oxford Street enterita entrando aquí y allá. Acabamos con nuestros huesos en un pub del Soho para bebernos una cerveza y una sidra. Eso nos salva. Cris y yo nunca paramos. No fumamos. No tomamos café. No descansamos. Resultado: en todos los viajes acabamos muertos. Descubrimos que estando una hora parados también le tomamos el pulso a la cultura inglesa. Recobramos fuerzas y eso nos salva la tarde. Todavía estoy en modo pizza. Vamos al Vapiano. De allí andamos hasta Paddington. Y de la estación de Reading a Foxhill, también a pie. Hoy, veinticinco kilómetros. Tontos de remate, lo que yo decía.

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En lo alto de la noria de Winter WonderLand.

El lunes vamos a ver el campus para fliparlo un poco, luego al centro, un par de librerías —para que Cris entienda por qué se me está yendo la olla en este país—, comemos, compramos guarradas y nos vamos a casa. Por todas partes es algo así como «mira Cris, aquí es donde me compré mi primera botella de leche cuando vine a Inglaterra». Como un crío. En casa, ella trabaja un poco, pero pasamos el resto de la tarde y de la noche haciendo lo que más echamos de menos: estar largos junticos. La versión inglesa de este infinito placer es ver Terrace House en un portátil, largos en una cama de noventa y comiendo mierdas del Mark & Spencer.

El martes la acompaño a la estación. Lo de que lo bueno, si es breve, dos veces bueno me empieza a tocar los cascarones. Cojo mi bici que dejé encadenada aquí hace tres días y en medio de una hermosa helada me coy a clase. Hoy tenemos seminar de Ute sobre líneas y párrafos, clase de James sobre Le goût hollandois y feedback de Gerry. Terminamos y me voy a casa corriendo porque tengo videollamada con el Lole y después cena con Murad en su Hall. El choque cultural con él es tan tremendo que parecemos de planetas diferentes. Todo lo que me cuenta sobre su vida es de las experiencias más interesantes que he tenido jamás. Y la comida jordana: para chuparse los dedos. Termino el día leyendo.

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Cena jordana con Murad. Yum!

El miércoles me levanto con un dolor de garganta que no me merezco y una helada de rechupete. El campus vuelve a estar blanco. Precioso. Hoy comienza el workshop de tres días con Fred Smeijers con una primera conferencia sobre tipos del siglo XVI que es lo mejor que he visto en mi vida. Al final de la tarde mi dolor de garganta ha conquistado también mis ojos y mi cabeza, así que lo resuelvo cocinando bolognesa para el barrio entero.

El jueves más helada, más dolor de garganta y más Fred Smeijers —esta vez para aprender a hacer numerales—. Me voy al centro a comprar ropa de abrigo. Yui dice que se viene conmigo. Acabamos cenando en el Royal Tandoori y contándonos nuestras vidas. Me la quiero llevar a casa. La principal diferencia entre los veinteañeros europeos y los asiáticos es que los europeos piensan que lo saben todo y los asiáticos que no saben nada. De ese simple hecho derivan tantas cosas que podría escribir un libro entero sobre ello. Pero soy demasiado joven como para saber algo al respecto.

El viernes más escarcha, más garganta y más Smeijers —símbolos y signos de puntuación—. Como ayer me cerraron las tiendas temprano, me vuelvo al centro a hacer cositas. Compro hasta camisetas interiores, no digo más. Como cada vez me siento peor, acabo la noche entre mantas y chupándome dos partidos de la NBA, uno detrás de otro.

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Ronda final de preguntas a Fred Smeijers.

El sábado me levanto peor así que cancelo mis citas con Sabina y Elena en Londres y me voy a comprar medicinas al super. Porque aquí puedes comprar medicinas básicas en el super, sí. Paso el resto del día trabajando pero desde la cama y a ritmo sosegado. Y bebiendo bebidas calientes. Muy calientes. Hasta me echo una siesta. Por la noche pedimos comida en The Bali Lounge a través de Deliveroo porque Joana está como yo o peor y no es cuestión de jugar a las casitas hoy. Termino el día viendo más NBA y leyendo sobre meditación.

¡Parece que The co-operative Max Strength Cold & Flu Relief Powder for Oral Suspension funciona! Eso sí, sabe a rayos. Me paso el domingo trabajando para recuperar lo que no hice ayer.