21 de noviembre al 4 de diciembre de 2016

Empiezo la semana con dolor de cabeza. Nunca había tenido tantos en mi vida. Me pongo a trabajar. Voy a clase de Michael Twyman. Hoy toca guías de viaje. Pero claro, del siglo XVIII. Lo que sabe —y lo que tiene este hombre— es para andar con la boca abierta una temporada entera de [inserte aquí su serie de ficción favorita]. Es una de las sesiones más interesantes que hemos tenido con él o es que tal vez ya empiezo a entenderle hasta los chistes. Mientras recogemos el material me pregunta: «Pedro, ¿tú de qué país eres de Latinoamérica?». Me extraña que sepa mi nombre y que hablo español porque en lo que llevamos de curso no he abierto la boca en sus clases. Parece que aquí la gente hace su trabajo. De allí me voy directo al gimnasio, la semana pasada creo que ni lo pisé. Digo creo porque estoy empezando a confundir los días y las semanas. Sudo un poco e intento que mi cabeza entre en modo piloto automático. Vuelvo a casa comiendo mucha fruta, mucha fruta fresca, tómala y drisfruta como te parezca. Leo un poco y me pongo a trabajar. A las nueve y media paro, cocino con Joana, mi ojo se hincha por alguna reacción alérgica, cenamos y acabo el día leyendo y riéndome con un capítulo de Brooklyn nine nine.

El martes empezamos temprano con el Seminar de Nathan sobre los inicios de la tipografía digital, tema apasionante que se convierte en mindblowing —que te explota la cabeza, mamá— cuando Gerry se saca de su colección personal cientos de objetos que ya es difícil de encontrar por separado. De allí a la clase de Mosley sobre tipos aldinas francesas, a comer con Joana a la Senior Common Room pastel de carne a la menta, con puré de patatas y guisantes que es lo más inglés que comeré nunca. Pero no lo mejor. Nueva sesión de feedback con Gerry. Los detalles sobre cada uno de los proyectos conforman cada martes una clase sin parangón sobre diseño de tipografías. Cuando termina corro hacia mi ordenador y veo que ya estoy en el puesto mil y pico de la cola. Sí, mejor me explico. Hoy salían a la venta sesenta mil entradas para las navidades del año que viene (2017) de la obra de teatro de Harry Potter. A las once de la mañana en punto —puntualidad británica, recordemos— he tardado en ponerme a la cola lo que cuesta hacer un click, ay que no se carga, dale otra vez, de acuerdo ya estoy dentro. Posición dieciocho mil. Así, para empezar. Bueno, hay entradas para todos, que no cunda el pánico, vamos a esperar tranquilamente sin apagar el ordenador ni que nadie me lo toque. He dicho. Que nadie. Me. Lo. Toque. Pero muy tranquilos todos. Siete horas después, ya en el puesto ciento y pico, con la tarjeta preparada y los nervios a flor de piel, bum, pantallazo. Las entradas están agotadas, que al final solo eran cinco mil o que solo ha habido entradas para los cinco mil primeros o que si tus sueños se han roto en mil pedazos jódete, ¡jódete! y que en enero volverán a poner más tickets a disponibilidad de todos los tontos que las queramos. Pues a mí tonto no me gana nadie. Con la vida apestando a problemas del primer mundo, me voy a casa a trabajar en mi tipo. Hasta las once. Os lo dije, amigos. ¡A leer!

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Gerry al frente de su enorme colección de revistas y catálogos de la primera etapa de la tipografía digital.

El miércoles tenemos día libre, así que me levanto y de un salto me pongo a trabajar. Paso el día escribiendo pomodoro tras pomodoro —he rescatado esta técnica que tan bien me funcionó tiempo atrás—. A mediodía comemos un curry delicioso que hace Franziska y de paso me descubre los advent calendars, muy populares en Austria. Son unas cajas con veinticuatro ventanitas o cajoncitos. Detrás de cada uno de ellos se esconde una chocolatina o un regalo. Se les regala a los niños para que desde el uno al veinticuatro de diciembre vayan descubriendo deliciosas sorpresas. Le he comprado uno a Cris la mar de mono que le regalaré cuando venga este fin de semana a verme. El caso es que a las ocho de la tarde, y con un maravilloso dolor de cabeza, termino el briefing de mi proyecto. Mil quinientas palabras una detrás de otra que envío a Carletes para ver qué opina de mi inglés. Corregimos cinco palabras, ¡cinco! —Nota para Carletes: ¿Te acuerdas de cuando me corregías mis desastrosos correos hace menos de un año?— y se lo mando a Gerry. La fecha de entrega es el próximo martes, pero yo el fin de semana lo tengo reservado para Cris y además le quiero dar tiempo a Gerry para que lo mire y me diga si es entendible o no. Me voy al gimnasio y corro y remo como un poseso. Me ducho. Compro leche. Me voy a casa. El dolor de cabeza se ha evaporado. Termino el día hablando con Cris y relajándome con Netflix. Me lo he ganado.

El jueves me levanto de rechupete. La táctica del «vamos a hacer las cosas con un poquico de orden» está venciendo a la del «trabajar a lo burro como si fuera de Ejea». Preparo y lanzo Mestre 1.1, que no es una gran cosa pero que me sirve para calzar el link aquí también. ¡De oferta, señores! Hoy tenemos sesión con Fiona, esta vez sobre sistemas de escritura del sur de Asia. Son acojonantemente bonitos. Nos explica de dónde vienen, a dónde van, convenciones tipográficas, orígenes caligráficos, anécdotas, cómo diferenciarlos y, en definitiva, cómo amarlos. Entre medias tenemos Seminar de una de las doctorandas —Letícia, nuestra amiga brasileña—, sesión sobre fuentes de investigación —con Vaibhav, nuestro amigo indio— y una conversación con Gerry en la que le cuento qué es el efecto Dunning-Kruger. Me voy a casa y veo que me ha llegado una carta del NHS —la Seguridad Social de aquí—, al parecer ya tengo más derechos en Reino Unido que en España. Me marco un Hangouts de dos horas con Carletes. De los buenos, de esos en los que hablamos mucho de la vida y poco de las nuestras. Gerry aprovecha para devolverme mi briefing con algunas notas. Hay muy pocas cosas marcadas como erróneas y la mayoría son de enfoque académico más que idiomático. Como me dice Carletes, parece que sufro del síndrome del impostor y que mi inglés no debe de ser tan malo. Me paso el resto de la tarde corrigiendo el documento y se lo devuelvo a Gerry. Con el trabajo hecho y poco más de las once en el reloj, toca desconexión.

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Taller de sistemas de escritura del sur de Asia con Fiona.

Para acabar la semana, taller de composición en plomo con el señor encargado de estas cosas en la Universidad y del que he olvidado el nombre. Lo investigaré. Entre medias llamada de Cris, que ha surgido algo en el trabajo y que no puede venir este fin de semana, pero luego que sí. Me voy a buscar su regalo a donde Cristo perdió la zapatilla porque ayer no estaba en casa para recibir el paquete y les dije que me lo dejaran en el centro de recogida más cercano. Al menos, descubro barrios de Reading que no conocía. Como hace sol —¡hace sol!— pedaleo con alegría y solo me falta silbar. En casa, Franziska hace Ratatouille y comemos en familia. Me paso el resto del día trabajando como un cabrón para tener el fin de semana libre. Algunos de mis compañeros se van de fiesta. Amén.

El sábado amanezco con los Leonidas en mi salón, que vienen de visita con un señor constructor porque durante las navidades van a reformar el baño. Como yo solo me voy quince días a España me dicen que, si no da tiempo para terminar la obra, podré pasar unos días en la habitación de invitados de su casa. Qué majos. Pero no. Paso el resto de la mañana haciendo cositas para Fontown y dejando mi tipografía niquelada para la próxima sesión de feedback. A media tarde me voy a Londres a esperar a Cris. Como llego más de una hora temprano, me doy un paseo largo y acabo en un barrio precioso. Me paro frente a una inmobiliaria y ninguna casa cuesta menos de dos millones de libras. Claro, así yo también soy bonito. Me empeño en buscar un brownie de bienvenida para Cris pero está todo cerradísimo. Llega en autobús, nos montamos en un tren y cenamos en el Jamie’s Italian de Reading. No hay pizza y yo estaba en modo quiero pizza por encima de todas las cosas. Ya en casa le doy el advent calendar y resulta que debe de ser originario de Austria pero que es más viejo que la tos. Que esto está en todas partes y que ya lo conocía pero le encanta. Por primera vez en mi vida duermo con alguien en una cama de noventa. La echo tanto de menos que incluso me sobra espacio.

El domingo nos cogemos un tren de los lentos hacia Waterloo y de allí paseamos hasta Hyde Park. Aquí hay un pifostio llamado Winter Wonderland con comida, atracciones, tiendecillas navideñas, noria, ice bar y todo lo que te quieras imaginar. Lo probamos todo. Salimos y nos topamos sin querer con el mítico rincón de los debates al que siempre he querido venir. Es apasionante ver cómo la gente se concentra en grupúsculos y discute apasionada pero educadamente siempre con un libro en la mano. Volveré cuando mi inglés me permita meterme en harina. No recorremos Oxford Street enterita entrando aquí y allá. Acabamos con nuestros huesos en un pub del Soho para bebernos una cerveza y una sidra. Eso nos salva. Cris y yo nunca paramos. No fumamos. No tomamos café. No descansamos. Resultado: en todos los viajes acabamos muertos. Descubrimos que estando una hora parados también le tomamos el pulso a la cultura inglesa. Recobramos fuerzas y eso nos salva la tarde. Todavía estoy en modo pizza. Vamos al Vapiano. De allí andamos hasta Paddington. Y de la estación de Reading a Foxhill, también a pie. Hoy, veinticinco kilómetros. Tontos de remate, lo que yo decía.

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En lo alto de la noria de Winter WonderLand.

El lunes vamos a ver el campus para fliparlo un poco, luego al centro, un par de librerías —para que Cris entienda por qué se me está yendo la olla en este país—, comemos, compramos guarradas y nos vamos a casa. Por todas partes es algo así como «mira Cris, aquí es donde me compré mi primera botella de leche cuando vine a Inglaterra». Como un crío. En casa, ella trabaja un poco, pero pasamos el resto de la tarde y de la noche haciendo lo que más echamos de menos: estar largos junticos. La versión inglesa de este infinito placer es ver Terrace House en un portátil, largos en una cama de noventa y comiendo mierdas del Mark & Spencer.

El martes la acompaño a la estación. Lo de que lo bueno, si es breve, dos veces bueno me empieza a tocar los cascarones. Cojo mi bici que dejé encadenada aquí hace tres días y en medio de una hermosa helada me coy a clase. Hoy tenemos seminar de Ute sobre líneas y párrafos, clase de James sobre Le goût hollandois y feedback de Gerry. Terminamos y me voy a casa corriendo porque tengo videollamada con el Lole y después cena con Murad en su Hall. El choque cultural con él es tan tremendo que parecemos de planetas diferentes. Todo lo que me cuenta sobre su vida es de las experiencias más interesantes que he tenido jamás. Y la comida jordana: para chuparse los dedos. Termino el día leyendo.

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Cena jordana con Murad. Yum!

El miércoles me levanto con un dolor de garganta que no me merezco y una helada de rechupete. El campus vuelve a estar blanco. Precioso. Hoy comienza el workshop de tres días con Fred Smeijers con una primera conferencia sobre tipos del siglo XVI que es lo mejor que he visto en mi vida. Al final de la tarde mi dolor de garganta ha conquistado también mis ojos y mi cabeza, así que lo resuelvo cocinando bolognesa para el barrio entero.

El jueves más helada, más dolor de garganta y más Fred Smeijers —esta vez para aprender a hacer numerales—. Me voy al centro a comprar ropa de abrigo. Yui dice que se viene conmigo. Acabamos cenando en el Royal Tandoori y contándonos nuestras vidas. Me la quiero llevar a casa. La principal diferencia entre los veinteañeros europeos y los asiáticos es que los europeos piensan que lo saben todo y los asiáticos que no saben nada. De ese simple hecho derivan tantas cosas que podría escribir un libro entero sobre ello. Pero soy demasiado joven como para saber algo al respecto.

El viernes más escarcha, más garganta y más Smeijers —símbolos y signos de puntuación—. Como ayer me cerraron las tiendas temprano, me vuelvo al centro a hacer cositas. Compro hasta camisetas interiores, no digo más. Como cada vez me siento peor, acabo la noche entre mantas y chupándome dos partidos de la NBA, uno detrás de otro.

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Ronda final de preguntas a Fred Smeijers.

El sábado me levanto peor así que cancelo mis citas con Sabina y Elena en Londres y me voy a comprar medicinas al super. Porque aquí puedes comprar medicinas básicas en el super, sí. Paso el resto del día trabajando pero desde la cama y a ritmo sosegado. Y bebiendo bebidas calientes. Muy calientes. Hasta me echo una siesta. Por la noche pedimos comida en The Bali Lounge a través de Deliveroo porque Joana está como yo o peor y no es cuestión de jugar a las casitas hoy. Termino el día viendo más NBA y leyendo sobre meditación.

¡Parece que The co-operative Max Strength Cold & Flu Relief Powder for Oral Suspension funciona! Eso sí, sabe a rayos. Me paso el domingo trabajando para recuperar lo que no hice ayer.

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