15 al 21 de mayo de 2017

El lunes me levanto sobre las seis, trabajo y me voy a la clase de Twyman que hoy versa sobre packaging. Pero packaging a su manera. La colección que nos muestra de cajitas y paquetitos es asombrosa. Creo que hoy es su última clase con nosotros, pero la despedida no es especialmente especial. Así que no sé si es que somos todos muy ingleses o es que habrá alguna sesión extra. Me he quedado con ganas de darle un abrazo por si acaso. Me voy a casa con Yui porque ambos tenemos que pasar por el Co-op a pillar algo de comer. Vamos charlando animadamente porque con Yui todo es guay, pero yo tengo una cosa dentro que no me deja respirar. Es una mezcla de aburrimiento, soledad y tristeza. Es una sensación nueva y no sé ni cómo explicarla, ni cómo tratarla. Así que me compro yogurt. Y bollos. Con un glaseado guarro pero delicioso. Y agarro unas cuantas magdalenas portuguesas de la abuela de Joana. Y me lo como todo como un cerdo en mi habitación mientras veo NBA. Luego trabajo hasta bien tarde y sin dejar de sentirme culpable.

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Michael Twyman.

El martes sigo con el mismo horario pero en vez de trabajar en casa me voy al Studio cuando todo el campus duerme porque hoy tendremos sesión de espaciado con Gerry. Pasan también por ahí Mohamad, Bornā y Fiona que me miran el Arabic. Gerry me mira mis Latin. El nivel de afine ya es una locura. Eso es bueno porque aprendo y es malo porque conlleva más trabajo. Me voy a pillar algo de comer al koreano con Joana. Me meto al despacho con Gerry para hablar de mis planes para agosto con Cris y Bunbury. Hay tantas variables y tanto trabajo por hacer, que al acabar la tarde me voy a casa con una nube negra sobre mi cabeza. No sé qué me pasa pero acabo viendo en la cama That ’70s show, bebiendo leche y comiendo pastel de chocolate de la abuela de Joana —Igor ha venido a quedarse aquí una semana y trajo los siempre bienvenidos dulces portugueses—. En fin, me aplico el remedio que nunca falla: me voy al gimnasio, hablo con Cris y me enchufo un partido. Mañana será otro día.

El miércoles trabajo toda la mañana hasta que por la tarde me voy al Departamento. Tenemos sesiones con Eric y Gerry sobre la dissertation. La primera es para explicarnos qué se espera de nosotros y la segunda, cómo organizarnos durante el verano. Me sigue alucinando cómo crean metodologías para analizar problemas y hallar soluciones en esta universidad, incluso para cosas tan variopintas como optimizar el proceso de planificación y escritura de una pieza de 10.000 palabras. En fin, me voy a casa cabizbajo arrastrando mi tristeza de los últimos días y me compro mi kit-estoy-hecho-mierda: arándanos, donuts, pan, chorizo y patatas fritas picantes. Llego a casa y me encuentro con un mensaje de Gerry que me hace ver que no estoy solo aquí. Me alegra el día y de repente mi estado de ánimo cambia completamente. Ahora estoy exultante. ¿Quiere decir eso que estoy como un cencerro? Puede ser. Trabajo hasta que llega la hora de la cena. Lo devoro todo.

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Selfie de felicidad.

El jueves paso toda la mañana trabajando y por la tarde me voy al estudio porque tenemos sesión con Malou y Toshi de Monotype. Mis dos turnos de feedback van muy bien y hablar con ellos es un honor y un placer. Queda poco para que entreguemos nuestros proyectos y yo cada vez estoy más contento con el trabajo hecho. De allí nos vamos a The Three Tuns a beber cerveza y cenar con Bornā, Elena y Toshi. Como no he comido nada en todo el santo día, a la segunda Guinness ya voy tostado y ni el pork belly que me meto entre pecho y espalda puede arreglarlo. Me voy a casa a una hora prudencial, justo para hablar con Cris y verme un partido.

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Bornā y Elena. Y mi ‘pork belly’.

El viernes va a ser mi día libre. O lo que para mí significa un día libre. Me levanto a las seis, trabajo en la planificación del verano y en Fontown. La buena nueva es que sigo estando más contento que unas castañuelas. A mediodía paro y me voy al centro a comprarle un regalo a Yui porque a la semana que viene es su cumpleaños. No suelo regalar nada a nadie, pero a Yui me apetece porque es el primer y último cumpleaños que voy a pasar con ella. Le compro un libro de recetas españolas. De vuelta me voy al gimnasio y por la tarde me hago un par de horas con Carletes, que acaba de volver de su cita anual neoyorquina. Luego con Cris. Luego con Elena. En fin, un no parar de los de qué a gusto estoy yo aquí, oiga. Por cierto, hoy me he puesto pantalones cortos para ir por la calle a pesar de que podríamos decir que casi hacía frío. En plan British, sí.

El sábado de nuevo en pie a las seis. Trabajo hasta las once de la noche. Cuento las horas efectivas. Catorce. Sin despeinarme. Me siento poderoso tras el bache moral de esta semana. Puto loco. En todo el día sólo paro para ir a llevarle medicinas a Yui, que está con fiebre en la cama y me lo ha pedido; y para ir a The Yolk con Joana e Igor para el brunch. Yo me pido una hamburguesa.

El domingo me levanto a las ocho porque, cojones, es domingo. Pero otra vez hasta las once sin parar. Sólo salgo de casa para ir a llevarle helado a Yui. No preguntéis. Ya me lo devolverá cuando vayamos a Japón a visitarla. Sí, sí…

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Joana e Igor. Y mi hamburguesa.
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2 al 14 de mayo de 2017

Esta semana que empieza en martes me levanto a las seis, me pongo a trabajar —cómo cunde el tiempo a estas horas—, lanzamos la cuarta edición de Glíglifo y a las diez me voy al Studio a por el Seminar de Soo sobre legibilidad. Gerry lo completa con otra masterclass de las suyas, de las que grabo para volver a ellas una y otra vez en los próximos años. Me voy al centro del Campus a por algo de comer y veo que han montado una minigranja. La gente se dedica a acariciar ponis y abrazar ocas. A las dos tenemos feedback con Gerry, el cual se centra en la planificación para las próximas cinco semanas y cierre de proyecto. Todo lo que me dice es bueno. Acompaño a Yui y Nate al supermercado koreano. Me compro unos galletitas llamadas Peperos que resultan estar muy buenas a pesar de sus connotaciones políticas. Me voy a casa. Fantástico. Me. He. Olvidado. Las. Putas. Llaves. Joana viene en mi auxilio muy amablemente desde el Studio. Comemos helado, trabajo, hago pesas en mi habitación —empecé la semana pasada— y me enchufo dos partidos en vena. Pasada la medianoche caigo rendido.

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La granja-escuela llega a la Universidad.

El miércoles me levanto temprano y me pongo a trabajar con el puto Elder a toda pastilla. Fuck yeah! Hoy no hay clase, así que me paso muchas horas delante de Glyphs, con dolor de cabeza y con una videollamada con Elena, otra con Fran y la última y más desesada con Cris.

El jueves madrugo para que no me pase lo de la última vez que casi no llego, me hago la maleta rápidamente y me voy al aeropuerto. Llego con tres horas de antelación. No entiendo qué ha fallado. Hago hora leyendo. Me acabo el libro. Mi primera novela en inglés. Qué pena que haya sido una tan mala. En el avión se sienta a mi lado un chico que nació en Costa de Marfil, se mudó a los diez años a Zaragoza y a los veinte a Londres. Tiene más acento maño que yo, habla inglés como los ángeles y no para de cascar. Cierro el portátil porque veo que no voy a poder trabajar. Lo entrevisto y aprendo muchísimas cosas sobre el sistema educativo inglés y el político africano. Unas cosas son buenas y las otras, malas. Adivinen. Yo aporto a la conversación mis escasos conocimientos sobre lenguas y sistemas de escritura de África occidental. El tipo flipa cuando le digo un par de cosas en mandinga. Aterrizamos y me rindo a los abrazos de Cris.

En este intervalo de cuatro días para una boda que no fue, experimento la felicidad absoluta. Ha llegado la calor a Zaragoza, Cris y Bunbury me lo dan todo, hay hamburguesería nueva en la ciudad, los Goloka me reservan un rato y hasta me encuentro con Octavio y Elena. Todo bien. Muy bien. Demasiado bien.

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Nos podríamos haber hecho una foto con Elena y Octavio, o con Dani y Laura, o con Cris en algún sitio guay… pero no, solo tengo fotos del Bunbury con gesto somnoliento.

El domingo vuelo a Reading con un saco de tristeza libre de impuestos que compro en el aeropuerto cuando me despido de Cris.

El lunes trabajo por la mañana en Fontown y me voy a la penúltima sesión con Twyman. Hoy versa sobre The Bayeux Tapestry. En realidad, el tapiz es lo de menos. Se trata simplemente de la obra que escogió décadas atrás para comparar todo tipo de reproducciones y estudiar los distintos sistemas de impresión. Está loco. Pero es brillante. Inusualmente brillante. Me voy a casa y trabajo hasta la medianoche para olvidar.

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Sesión con Michael.

El martes sigo triste y sigo trabajando. Por la noche me voy a correr al gimnasio.

El miércoles sigo triste pero menos porque ha salido el sol. Y porque tampoco es cuestión de vivir en un drama. Por la noche me voy a correr al gimnasio.

El jueves se publica que Bogidar ha ganado lo de TypeTogether —madre, ¡lo de TypeTogether!— y que Joana y yo tenemos una mención en el último párrafo como proyectos destacados. Supongo que eso es bueno. Me voy al Studio porque hoy tenemos workshop con Elena Papassissa sobre el sistema de escritura armenio. A mediodía vamos al farmer-market del campus. Como ya no hay foodie Thursday vamos allí a comprar vegetales. Y porque hay puesto con un señor indio vendiendo samosas que es un hojaldre triangular relleno de carne (o de cosas) y que no había probado nunca, cateto de mí. Me requetegusta. Cuando acaba el taller, me voy a casa y me encuentro muy cansado. Limpio la cocina, que es algo que tampoco requiere mucho. No tengo fuerzas para el baño. Me subo a ver NBA y doy por cerrado el día.

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Workshop de armenio con Elena.

El viernes a las seis y media ya estoy a tope en el ordenador con mi té y mis letras. Tan a tope que se me olvida comer. A las cinco me voy al Studio porque tenemos que mover nuestras cosas. Al parecer, estos últimos meses los pasaremos en otra parte. No entiendo nada y parezco ser el único. Me voy a casa con Yui, que pasa por el supermercado koreano porque es el único sitio donde venden la ternera como le gusta a los asiáticos. Le digo que me explique. Y en fin, es una cosa ultrafina y enrolladica muy majica, que ellos luego fríen, hierven, lo que sea, con salsa de soja y cosas. Tan fino como el jamón. Como el jamón fino, digo. Le explico que aquí los chuletones cuanto más gordos, mejor. Me voy a casa a seguir trabajando hasta las once.

El sábado a las seis y media ando tecleando de nuevo. Hoy no se me olvida comer, pero al final de la tarde decido que ir al gimnasio no puede ser una mala idea. Que estoy entrando en mi ritmo esquizofrénico y eso no es bueno, que aquí no tengo a Carletes para que me siga el cuento. En España me levantaba a las seis, hacía tipografía, luego me iba a la oficina, trabajaba mis ocho horas, me iba a casa a tipografiar un poco más y por la noche un poquico de relax con Cris. Pero aquí no salgo de mi habitación. Son más o menos las mismas horas de curro. Sí, muchas. Pero sin descansos. Sin cambios de ambiente. Sin hablar con nadie. Ok, me voy al gimnasio.

El domingo sigo trabajando pero a mediodía me voy a dar una vuelta por el centro para ver libros. Hace calor y brilla el sol. Caminar solo a estas alturas es un absoluto aburrimiento, pero al menos he salido de mi habitación. Vuelvo a casa y me hago comida como para un regimiento a base de calabaza con añadidos y me la pimplo con un par de cervezas. Caigo rendido en la cama. Me despierto y sigo trabajando hasta que llega la hora de ir al gimnasio. La novedad de hoy es que corro mientras hablo con Cris. Vuelvo a casa y doy la semana por terminada porque me da la sensación de que el proyecto lo llevo más o menos encarrilado.

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Menú del domingo.

19 de abril al 1 de mayo de 2017

Tras tres semanas y pico en España, vuelvo a Inglaterra para el arreón final. Me ha servido para desconectar y descansar. Sólo he pasado la mitad del tiempo en Glyphs. O menos. La otra mitad ha sido puro descanso y relax: he comido jamón del bueno como un loco, Donuts, Cacaolat, todo tipo de delicias rurales en casa de mis padres, arroz a la japonesa con nuestra nueva rice cooker —supongo que todo ello explica por qué he ganado 7 kilos en tan poco tiempo—; he disfrutado enormemente de mi sofá, mi terraza y mis paseos junto a mis dos amores a los que no veía desde hacía tres meses, incluso celebramos nuestro décimo aniversario; nos hemos ido de escape room, de Viejóvenes y al Tubo, he salido a un par de gin-tonics diarios y he leído a Dolores Redondo y Gloria Fuertes. La Fuertes. Hasta me quemé de tanto sol y se me levantó la piel.

El caso es que el miércoles me despido de mi vida. Tras unas cuantas horas, la noche me recibe en Foxhill. Again. A Franziska le arranco un abrazo y Joana se lanza a mis brazos. Cómo he echado de menos a la jodida portuguesa, copón.

El jueves me levanto temprano y me voy directamente al despacho de Gerry. Nos abrazamos e intercambiamos anécdotas de las vacaciones entre risas. Cómo he echado de menos al jodido griego, copón. Me asiento en el Studio en mi sitio habitual y espero a que vaya llegando la gente. Es bueno verlos de nuevo, ellos ya vinieron el martes pero yo me tomé dos días extra así que el reencuentro es sólo conmigo. Llega Yui y la abrazo, la levanto del suelo y la zarandeo como suelo hacer con mi madre. Ella ya está acostumbrada y ni se inmuta, pero Yui ríe nerviosa. Cómo he echado de menos a la jodida japonesa, copón. Llega Victor Gaultney, con el que tenemos nueva sesión de diacríticos y feedback. También aparece Fiona, así que le pido opinión sobre mis non-latin, hago lo mismo con Bornā y con Kostas, que está de vuelta en Reading. Ya en Foxhill, nos damos cuenta de que alguien dejó el congelador abierto durante las últimas semanas. El interior es un único y precioso bloque de hielo. Lo descongelaremos el fin de semana. Hago mini-reunión con Fran y Lole de Fontown para decirles que no llego a todo pero que sí, que all-in.

El viernes no tenemos clase, así que paso el día trabajando y aplicando los cuatro feedbacks de ayer. Lo intercalo con cambiar las toallas de debajo del congelador y beber té con leche de cabra, que es la novedad más excitante que me ha pasado en los últimos tiempos. Qué triste. También leo. En inglés. Se acabaron las vacaciones. Empiezo la novela Armada de Ernest Cline. No es especialmente buena, pero quiero dejarlo aquí escrito porque es la primera vez que siento que estoy leyendo en inglés. O, simplemente, que estoy leyendo. Sí, leo mucho texto técnico sin problemas, mucha noticia y mucho de todo. Ya apenas consulto el diccionario. Pero una novela es otra cosa: el lenguaje tiene más color y la relación escritor/lector es diferente. Y joder, mola pasar páginas sin reparar en ello. Con naturalidad. Como siempre. Solos los dos.

El sábado sigo trabajando. Por la noche celebramos que Five Guys ya está en Deliveroo con dos enormes hamburguesas y una cantidad ingente de patatas fritas. Joana se va de cervezas con algunos compañeros de clase pero yo prefiero quedarme a descansar viendo NBA. Esto ya es serio, han comenzado los playoffs.

El domingo también trabajo, pero dedico un rato a rematar la nueva web de Glíglifo. Por la noche hacemos una pizza de masa fina y contenido generoso. Nos comemos la mitad. Baloncesto.

El lunes me reúno con María a hablar un poquito de Fontown y un mucho de nuestras cosas y cuando terminamos leo en Slack que recordemos que hoy tenemos sesión con Michael. ¡Pero si no está en el calendario! Corro. Hoy la cosa va sobre carteles, cromolitografía y un cartel de Mucha, y otro de los toros en Pamplona y un par de originales de la Guerra Civil española. Cuando acaba la clase, me quedo hablando con Michael. Me dice que en su familia hubo gente que vino a luchar en el bando republicano y que él, en señal de protesta, no viajó a España hasta que la dictadura no terminó. Dice que sabe que es sólo un pequeño gesto. Se me humedecen los ojos. Me voy a casa, me termino la pizza de ayer y me pongo a trabajar. Sí, baloncesto a medianoche.

El martes volvemos a tener jornada con Gerard Unger como antes del break. El absolutamente brillante Gerard Unger. Comenzamos con la ronda de tutorizaciones. En mi turno, hace algunas observaciones, dice que le gusta mucho mi diseño y me pregunta por mis planes de futuro. Consigo entradas para la obra de teatro de Harry Potter (6 de junio de 2018 en Londres). Me voy con Joana y Yui a comprar algo de comer al supermercado koreano. Por la tarde, Gerard nos explica su proyecto Alverata y termina con una anécdota y su correspondiente fotografía con la Guardia Civil española. Termino el día trabajando en casa.

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Gerard explicando Alverata.

El miércoles me levanto a las seis y media. Trabajo y a las 10 me voy al Studio. Gerard nos va a dar una clase sobre legibilidad. Creo que es la mejor que hemos tenido hasta la fecha. Pasamos el día trabajando. A las ocho me voy a casa y, aunque es temprano, yo ya me he pegado mis doce horas de curro. Igual es una buena estrategia esta de levantarse un poquito más temprano. Pruebo a relajarme, leer, ver baloncesto y comer algo por primera vez en todo el día.

El jueves me levanto a las seis y me voy al Studio. Trabajo hasta que llega Gerard. Tenemos clase sobre personalidad tipográfica. Luego me reúno con Gerry para hablar sobre mi dissertation —es mi supervisor—. Lo grabo todo porque ya me lo conozco y todo lo que dice es tan importante, que no puedo seguirle y tomar notas a la vez. Así que escucho, converso y ya volveré al audio en casa para tomar notas tranquilamente. Sigo trabajando, tengo algunas interesantes conversaciones con Gerard, pero entre unas cosas y otras hoy estoy un poco bajo de moral, no me pregunte usted por qué, así que cuando terminamos apago el ordenador y me voy a hacer ejercicio. Vuelvo al Studio porque nos vamos al The Three Tuns a echar una cerveza y hoy me apetece menos que nunca. Pero me obligo. Además hoy se vienen también Bornā y Ferdinand. Me pongo a hablar con un conductor de camión retirado. De Gales. No soy inglés, me remarca. Él solía ir a España a por verdura. Ir y volver con el camión. Le pagaban 500 libras por cada viaje. Y 100 en la frontera con Francia por cada inmigrante ilegal que conseguía pasar a Inglaterra oculto en su camión. Perdone, me acaban de traer la hamburguesa. Me voy a casa antes de hora porque estoy muy cansado, aunque siempre hay sitio en mi cama para un Bulls-Celtics.

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A punto del abordaje de la hamburguesa.

Me vuelvo a levantar a las seis. El solazo matinal ayuda a despertarse con una sonrisa. Trabajo toda la mañana en Glíglifo, Fontown y ordenando material para la dissertation. Desde la cama. Paso la tarde transcribiendo la reunión con Gerry porque no me vale con escucharla una y otra vez. A las seis me voy a correr al gimnasio y a las ocho viene Nate. El plan es ver baloncesto (Raptors-Bucks), beber cerveza (San Miguel) y pedir pizza. Al final es ver NBA con un texano donde el partido es lo menos y la conversación es lo realmente interesante. Muy bien. Muy, muy bien.

Ay, que hoy me he levantado a las nueve. Bueno, es sábado: ¡a trabajar! Y así todo el día. Cada dos horas me tomo un descanso pero como no tengo a dónde ir, veo La vida moderna o NBA.

El domingo más de lo mismo, pero con desayuno inglés a mediodía porque a Joana le ha apetecido y a mí me ha parecido la mejor idea del mundo, y gimnasio a final del día para despejar la cabeza.

Y el lunes pues también. A tope.

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British breakfast al estilo Foxhill.