2 al 14 de mayo de 2017

Esta semana que empieza en martes me levanto a las seis, me pongo a trabajar —cómo cunde el tiempo a estas horas—, lanzamos la cuarta edición de Glíglifo y a las diez me voy al Studio a por el Seminar de Soo sobre legibilidad. Gerry lo completa con otra masterclass de las suyas, de las que grabo para volver a ellas una y otra vez en los próximos años. Me voy al centro del Campus a por algo de comer y veo que han montado una minigranja. La gente se dedica a acariciar ponis y abrazar ocas. A las dos tenemos feedback con Gerry, el cual se centra en la planificación para las próximas cinco semanas y cierre de proyecto. Todo lo que me dice es bueno. Acompaño a Yui y Nate al supermercado koreano. Me compro unos galletitas llamadas Peperos que resultan estar muy buenas a pesar de sus connotaciones políticas. Me voy a casa. Fantástico. Me. He. Olvidado. Las. Putas. Llaves. Joana viene en mi auxilio muy amablemente desde el Studio. Comemos helado, trabajo, hago pesas en mi habitación —empecé la semana pasada— y me enchufo dos partidos en vena. Pasada la medianoche caigo rendido.

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La granja-escuela llega a la Universidad.

El miércoles me levanto temprano y me pongo a trabajar con el puto Elder a toda pastilla. Fuck yeah! Hoy no hay clase, así que me paso muchas horas delante de Glyphs, con dolor de cabeza y con una videollamada con Elena, otra con Fran y la última y más desesada con Cris.

El jueves madrugo para que no me pase lo de la última vez que casi no llego, me hago la maleta rápidamente y me voy al aeropuerto. Llego con tres horas de antelación. No entiendo qué ha fallado. Hago hora leyendo. Me acabo el libro. Mi primera novela en inglés. Qué pena que haya sido una tan mala. En el avión se sienta a mi lado un chico que nació en Costa de Marfil, se mudó a los diez años a Zaragoza y a los veinte a Londres. Tiene más acento maño que yo, habla inglés como los ángeles y no para de cascar. Cierro el portátil porque veo que no voy a poder trabajar. Lo entrevisto y aprendo muchísimas cosas sobre el sistema educativo inglés y el político africano. Unas cosas son buenas y las otras, malas. Adivinen. Yo aporto a la conversación mis escasos conocimientos sobre lenguas y sistemas de escritura de África occidental. El tipo flipa cuando le digo un par de cosas en mandinga. Aterrizamos y me rindo a los abrazos de Cris.

En este intervalo de cuatro días para una boda que no fue, experimento la felicidad absoluta. Ha llegado la calor a Zaragoza, Cris y Bunbury me lo dan todo, hay hamburguesería nueva en la ciudad, los Goloka me reservan un rato y hasta me encuentro con Octavio y Elena. Todo bien. Muy bien. Demasiado bien.

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Nos podríamos haber hecho una foto con Elena y Octavio, o con Dani y Laura, o con Cris en algún sitio guay… pero no, solo tengo fotos del Bunbury con gesto somnoliento.

El domingo vuelo a Reading con un saco de tristeza libre de impuestos que compro en el aeropuerto cuando me despido de Cris.

El lunes trabajo por la mañana en Fontown y me voy a la penúltima sesión con Twyman. Hoy versa sobre The Bayeux Tapestry. En realidad, el tapiz es lo de menos. Se trata simplemente de la obra que escogió décadas atrás para comparar todo tipo de reproducciones y estudiar los distintos sistemas de impresión. Está loco. Pero es brillante. Inusualmente brillante. Me voy a casa y trabajo hasta la medianoche para olvidar.

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Sesión con Michael.

El martes sigo triste y sigo trabajando. Por la noche me voy a correr al gimnasio.

El miércoles sigo triste pero menos porque ha salido el sol. Y porque tampoco es cuestión de vivir en un drama. Por la noche me voy a correr al gimnasio.

El jueves se publica que Bogidar ha ganado lo de TypeTogether —madre, ¡lo de TypeTogether!— y que Joana y yo tenemos una mención en el último párrafo como proyectos destacados. Supongo que eso es bueno. Me voy al Studio porque hoy tenemos workshop con Elena Papassissa sobre el sistema de escritura armenio. A mediodía vamos al farmer-market del campus. Como ya no hay foodie Thursday vamos allí a comprar vegetales. Y porque hay puesto con un señor indio vendiendo samosas que es un hojaldre triangular relleno de carne (o de cosas) y que no había probado nunca, cateto de mí. Me requetegusta. Cuando acaba el taller, me voy a casa y me encuentro muy cansado. Limpio la cocina, que es algo que tampoco requiere mucho. No tengo fuerzas para el baño. Me subo a ver NBA y doy por cerrado el día.

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Workshop de armenio con Elena.

El viernes a las seis y media ya estoy a tope en el ordenador con mi té y mis letras. Tan a tope que se me olvida comer. A las cinco me voy al Studio porque tenemos que mover nuestras cosas. Al parecer, estos últimos meses los pasaremos en otra parte. No entiendo nada y parezco ser el único. Me voy a casa con Yui, que pasa por el supermercado koreano porque es el único sitio donde venden la ternera como le gusta a los asiáticos. Le digo que me explique. Y en fin, es una cosa ultrafina y enrolladica muy majica, que ellos luego fríen, hierven, lo que sea, con salsa de soja y cosas. Tan fino como el jamón. Como el jamón fino, digo. Le explico que aquí los chuletones cuanto más gordos, mejor. Me voy a casa a seguir trabajando hasta las once.

El sábado a las seis y media ando tecleando de nuevo. Hoy no se me olvida comer, pero al final de la tarde decido que ir al gimnasio no puede ser una mala idea. Que estoy entrando en mi ritmo esquizofrénico y eso no es bueno, que aquí no tengo a Carletes para que me siga el cuento. En España me levantaba a las seis, hacía tipografía, luego me iba a la oficina, trabajaba mis ocho horas, me iba a casa a tipografiar un poco más y por la noche un poquico de relax con Cris. Pero aquí no salgo de mi habitación. Son más o menos las mismas horas de curro. Sí, muchas. Pero sin descansos. Sin cambios de ambiente. Sin hablar con nadie. Ok, me voy al gimnasio.

El domingo sigo trabajando pero a mediodía me voy a dar una vuelta por el centro para ver libros. Hace calor y brilla el sol. Caminar solo a estas alturas es un absoluto aburrimiento, pero al menos he salido de mi habitación. Vuelvo a casa y me hago comida como para un regimiento a base de calabaza con añadidos y me la pimplo con un par de cervezas. Caigo rendido en la cama. Me despierto y sigo trabajando hasta que llega la hora de ir al gimnasio. La novedad de hoy es que corro mientras hablo con Cris. Vuelvo a casa y doy la semana por terminada porque me da la sensación de que el proyecto lo llevo más o menos encarrilado.

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Menú del domingo.
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